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¡Resurrección!

#pascua2023

Martha Eugenia, Mujer mariposa
09 abr 2023 - 01:42
2023
2023

En una semana empezaría el periodo vacacional de Semana Santa, aunque había

trabajado con intensidad los meses pasados y necesitaba descansar, no llamaban

su atención esos días de asueto por los recuerdos que le traían. Hacía unos años

que estaba sola, y lo consideraba una ventaja. Cuando lo requería yacía con algún

hombre que le gustara pero con una sonrisa se despedía sin prometer nada, y

agradecer menos, aunque para estar con el varón en turno, hubiera habido un

periodo de cortejo entre cenas y regalos de ambas partes. Se consideraba

eficiente en las lides de la cama y cuando obtenía lo que quería sencillamente se

desligaba, no le interesaba el compromiso. Se auto nombraba una mujer libre sin

ataduras.

En especial esos días le conducían a evocaciones de su pasado. Había nacido en

una familia católica tradicionalista y cuando le fueron dando evasivas o respuestas

truncas o triviales a sus inquietudes juveniles, se incrementó de manera gradual la

distancia entre ella y la Iglesia; mientras se fue acercando más a una postura

humanística antropocéntrica, hasta llegar a creer que el panteísmo era lo mejor

asumido para vivir.

Estaba en desacuerdo con el término pecado que muchas veces escuchó y se le

aplicó de niña y adolescente a sus actitudes y acciones. Sumado a la creencia de

un Padre Celestial, que limitaba y oprimía a la mujer desde siempre como el

mundo patriarcal en que se desenvolvía. La conquista de su estado actual le había

tomado muchos años de rebeldía en contra de los parámetros tradicionales que

había vivido y en los cuales se le había obligado a vivir. Su capacidad intelectiva

había sido cultivada desde que era una niñita, comenzando con sus porqués a

todo lo que no entendía o sentía curiosidad.

RESUCITÓ
RESUCITÓ

Sin embargo había algo lacerante que no expresaba y menos traía a su memoria,

el único hijo que había tenido había muerto en una semana Santa. Creyéndose

con una alta posibilidad de infertilidad, lo había engendrado y apenas nacido había

muerto. La única vez que lo sostuvo en sus brazos, estaba muerto. Y lo tuvo que

dejar ir para que extraños lo enterraran, pues ella estaba internada. No quería

reconocerlo, pero ni siquiera podía recordar su carita, aunque algo como huella

lacerante conservaba, era el recuerdo del cuerpecito que cuando por alguna razón

traía al presente, parecía como si estuviera cargando una losa de cemento.

Entonces rabiosa, al darse cuenta que comenzaba a llorar, con un manotazo se

limpiaba las lágrimas y golpeaba o destruía lo que tuviera a su alcance.

Cada año era lo mismo, una sensación de enojo la invadía en los llamados días

santos, que reconocía pero no podía, no sabía cómo dominar. Era un lapso donde

no se relacionaba con nadie, pues como animal herido se ocultaba para lamerse

las lesiones. No permitía que ni su único allegado, en esos momentos la buscara.

Se encerraba en un ostracismo insolente y desgarrador.

El Domingo de Ramos, había soñado que una voz firme y varonil le decía: Ven,

entra conmigo. Al despertar lo único que recordaba era esa invitación. No sabía el

porqué durante todo el día vino a sí, varias veces. Parecía como si se lo repitiera

al oído. Hasta pensó en algún momento que era real. Estaba extrañada.

El Lunes Santo, estaba escribiendo un artículo acerca del comportamiento de los

que sin saberlo están en peligro inminente y su comportamiento inusual. Como

socióloga le gustaba investigar acerca de la conducta de otras personas en

peculiares condiciones. Cuando terminó casi había pasado todo el día, así que se

acercó un libro, se preparó una cuba libre y se fue a la terraza a leer. Entre lectura

y sorbos de su bebida, se quedó dormida. Su sueño fue inquieto, caminaba sin

rumbo fijo, pasando entre una multitud que la ignoraba y hubo un momento en que

se cayó, nadie la ayudó aunque varios se dieron cuenta que estaba en el suelo,

que estaba lastimada. Solo un pequeño zafándose de la mano materna intentó

hacerlo, pero fue inútil, no la pudo levantar. Entonces su mamá acercándose al

niño, lo jaló brusca y lo apartó. Lo desconcertante había sido que al voltear a ver a

la mamá, era ella misma. Cuando despertó, sudaba. Tenía la sensación de

indefensión.

El Martes Santo, quiso realizar una caminata vigorosa y fue al cerro del Ajusco. En

ese ambiente fresco y vital se permitió gritar cuando estuvo sola en el bosque.

Creía que le ayudaría para sacar el malestar anímico que sentía. Esa noche vio

una película vieja que le extrañó aún la pasaran, Espartaco. Aunque el tema no

era de su predilección, disfrutó el cortometraje, se identificó con el protagonista en

la perseverancia de sus ideas, que lo llevaron hasta la muerte de cruz. Cuando se

fue a dormir, su cuerpo lo agradeció. Soñó participando en una sesión de mujeres

feministas radicales, donde expresaba que era válida la violencia física para

hacerse escuchar y justificar sus convicciones. Aún tenía la mano en alto y se

escuchaba la ovación que recibía de la audiencia, mientras paseaba la mirada

entre la concurrencia femenina enardecida, cuando vio a un niño pequeño de pie,

que gritaba con un atisbo asustado y se tapaba los oídos. Nadie le hacía caso,

entonces por unos instantes sus miradas se cruzaron y este infante le gritaba: Te

hablo y no me quieres escuchar. Llorando se sentaba en la butaca, perdiéndose

en ella, porque el entusiasmo de las mujeres que lo rodeaban lo iban sofocando.

Sudorosa se despertó y no pudo conciliar el sueño de nuevo, pues cuando cerraba

los ojos, escuchaba la voz infantil diciéndole: Te hablo y no me quieres escuchar.

El Miércoles Santo se sentía muy inquieta, los sueños tan extraños que estaba

teniendo eran inusuales y no le gustaban, aún más le hacían enojar. Pero no tenía

como sacar su frustración, así que le habló a un amigo y le propuso cenar y

cohabitar. Se dio cuenta que no era del agrado de él lo que le había propuesto,

pero se dejó convencer ante la promesa femenina de que pagaría todo en la

velada. Se arregló para cautivarlo, no obstante, el ambiente festivo entre los

concurrentes del restaurante, ellos se notaban forzados. Eso no le gustó y como

experta en frivolidades sexuales, lo urgió a irse. Lo que no quería era pasar la

noche sola. En los juegos previos al coito, él dijo estar indispuesto, decepcionada

le contestó. No importa, pero quédate a pasar la noche. Asombrado por la

invitación pero sintiéndose mal, le aceptó una pastilla para las molestias

estomacales y al poco tiempo cayeron en un profundo sueño. Llegó un momento

en que se veía dormir con él a su lado. Pero él por momentos era pequeño como

un niño y otros un adulto, aunque ambos estaban enfermos. Entonces con fastidio

les decía, mejor se hubieran ido, estoy muy fatigada. A lo cual el niño le contestó.

Por eso fue mejor dejarte sola, pues te hubieras cansado pronto de cuidarme.

Mientras que veía como el hombre la miraba reprochándole su egoísmo.

Ignorándolos se volteó, aunque notó que su rostro estaba húmedo. Al despertar

sola, encontró en su celular un mensaje de él, dándole disculpas por las molestias

ocasionadas. Y por primera vez hizo lo que se juró no volver a hacer, lloró

desconsolada reconociendo su egoísmo.

El Jueves Santo se dijo, que necesitaba estar bien como siempre y no pensar en

tarugadas ni actuar idiotamente. Iba a festejar estar sola y vivir de manera plena

como hasta ese momento creía haberlo logrado. Estaba enojada consigo misma

por dejarse influir por estúpidos sueños. Así que tomó su camioneta y se dirigió a

Cholula, era una ciudad que le gustaba por su pirámide, y su enorme museo en

donde los aspectos históricos y sociales eran de su agrado. Como era día de

asueto, encontró a muchos paseantes. De regreso, en la carretera se encontró

con un carro accidentado, por lo que bajó la velocidad, sin embargo de otro auto

una mujer, se bajaba y corría a prestar ayuda. Iba a pasarse de largo, cuando los

gritos de ésta le indicaban que se acercara. De mala gana lo hizo. En el

accidentado, había un hombre, una mujer y un niño, parecían una familia. La

mujer que se había acercado, les hablaba con calma, diciéndoles que estarían

bien, que permanecería con ellos y que no tuvieran miedo, mientras del asiento de

atrás sacaba al bebé y se los mostraba, rogándoles que se tranquilizaran para que

el pequeño también lo hiciera. Entonces con sumo cuidado, lo puso en los brazos

de la joven que tenía lesiones en la cara, mientras que el pequeño bajaba la

intensidad de su llanto. El hombre con gesto dolorido y mirada agradecida le

pedía no los dejara, que atendiera a la mujer y al niño, a lo que ella volvió a

decirles, voy a estar con ustedes. Entonces volteando a verla la urgió. Aquí no hay

señal, vaya consiga ayuda y mándela. Confió en usted. De mala gana

internamente se reprochó por haberse parado. Pero contestó que sí y lo hizo. Así

que su llegada a casa ya fue muy entrada la noche. Esa noche soñó que el niñito

le decía, gracias por haber ayudado, gracias por estar.

Cuando se despertó el Viernes Santo, ya no solo se sentía enojada, sino también

estaba confundida, se cuestionaba porqué le pasaba lo que le había vivido y luego

el porqué de esos sueños tan perturbadores. Pasó la mañana pensativa y cuando

vio el reloj eran las tres de la tarde, entonces se acordó de las palabras de su

abuela cuando siendo niña, una vez le preguntó porqué a esa hora se había

puesto a orar, a lo que su ancestra le contestó, porque hace muchos años a Jesús

lo crucificaron y a esta hora murió siendo inocente en la cruz y lo hizo por amor a

nosotros, que tanto lo ofendemos. Entonces se hincó junto a su abuela y pensó

que era extraño que alguien siendo inocente, hubiera muerto por ella sin

conocerla. Hacía más de medio siglo que no había recordado ese episodio.

En la noche se tomó una pastilla para conciliar el sueño de manera profunda y

evitar soñar o al menos olvidar lo soñado. Cuando se despertó el Sábado Santo,

su cara estaba mojada por un torrente de lágrimas incontrolable, había soñando

que cuando bajaron de la cruz a Jesús muerto, éste al llegar al suelo era su

pequeño hijo y quien lo recibía era ella, ella, no María como sabía. Su cuerpecito

aún estaba tibio. Olía a ella, a pesar de haber estado luchando contra la muerte en

el canal del parto, se veía hermoso. Lo podía besar, y decirle que lo amaba y que

lo recordaría por siempre, mientras la tibieza del niño, parecía reconfortarla más y

más. Entonces levantaba el cuerpecito al cielo implorando por él y veía como en la

cruz Jesús moribundo les decía sin palabras: Los amo, dámelo.

Se paró, rabiosa fue a la cocina y aventó tazas y platos hasta descargar su furia.

Pero se agotó tanto, que solo atinó a irse a la cama y entre llanto, ira y frustración

pasó todo el día sin comer. Al llegar la noche no quería dormir, estaba asustada.

Pero el cansancio la venció.

Cuando despertó ese Sábado Santo, sentía que el ambiente era desolado, tanto

como se sentía después de toda esa semana y en especial de lo soñado un día

antes. No podía ni siquiera comentarlo con alguien, no tenía con quién, estaba tan

sola emocionalmente que no podía acercarse a alguien. Sentía una angustia

opresora de soledad que le ocasionaba lágrimas inconscientemente. Por varias

veces se las limpió, las primeras con enojo pero al paso de las horas ya sin fuerza,

como si la estuviesen limpiando y ayudándola a sacar toda la violencia que

albergaba, habiendo quedado hueca, laxa, sin fuerza, aunque la sensación de

soledad no se iba. Entonces recordó como su mamá le había dicho una vez que

María madre de Jesús estuvo muy triste cuando su hijo había muerto y que ella

comprendía nuestros sentires como madre. Por primera vez admiró a María, ella

había visto como asesinaban a su hijo Jesús, siendo inocente y un hombre en la

plenitud de su ser, vida que María había cuidado desde que fue concebido. En

cambio ella, no se había cuidado durante el embarazo, y entre fiestas,

borracheras y excesos laborales, había descuidado el don de la maternidad que

se le había otorgado. Ocasionando que su pequeño naciera débil, prematuro e

indefenso. El diagnóstico médico había sido desnutrición extrema. Estaba viviendo

uno de los peores días en su vida. ¿María se habrá sentido hueca, vacía como

ella lo estaba. Habría llorado tanto como ella, ante la pérdida del Hijo? Ni siquiera

se dio cuenta cuando se quedó dormida.

Cuando despertó ese Domingo de Resurrección, sus ojos estaban tan hinchados

que apenas podía abrirlos. Se bañó, se alistó y se salió de su casa. No quería

estar porque ahora le parecía opresiva su casa. Se puso unos lentes negros, no

quería ver a nadie, ni que la vieran. Se encaminó al Jardín Botánico de

Chapultepec que sabía estaba abierto, se sentía como un cactus con una

apariencia árida. Entrando buscó un lugar apartado, y cerró los ojos. Sin saber qué

tiempo había pasado, de repente escuchó una voz infantil que le decía: Ya no

estés triste, mi mamá me dijo que hasta los cactus se alegran y por eso dan flores

hermosas y brillantes. Ven y te enseño. El pequeño tendría unos siete años.

Sabes no puedo hablar con extraños, pero te quiero enseñar una flor bonita. Ven.

Se paró, lo siguió hasta el lugar donde un cactus llamado Monstruoso, estaba

cubierto con muchas flores blancas, tan bellas contrastando con la apariencia

poco agraciada de la planta. Mientras el niño urgiéndola, le decía: ¿Verdad que

están bonitas, qué bueno que te las enseñe, ¿cierto? Y se fue.

Lloraba, pero estas lágrimas eran como si la estuvieran lavando, como si la

purificaran. Luego se encaminó al templo, vio la escultura del Resucitado, participó

en la Celebración Eucarística. La homilía fue de la capacidad sanadora que el

Resucitado podía otorgar si es que uno estaba dispuesto a aceptarla. Por eso

cuando alguien se acercó y la abrazó diciéndole: Felices Pascuas de

Resurrección, entendió y sintió que de su actitud positiva y reflexiva sería si

empezaba a vivir la resurrección o se quedaba en el dolor. Así que se dejó

envolver por el abrazo fraterno de esa mujer vieja y sin poder decir nada, aceptó

que Jesús resucitado estaba con ella, invitándola a vivir la Pascua de

Resurrección.

De ella dependería aprender a vivirla, pero si aceptaba, Jesús estaría a su lado

para acompañarla y sostenerla en ese caminar.

¡Había resucitado!

Martha Eugenia,

Mujer Mariposa.

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