Yo sé que he caído mal a mucha gente
| Luis Van de Velde
«Si uno vive un cristianismo que es muy bueno, pero que no encaja con nuestro tiempo, que no denuncia las injusticias, que no proclama el reino de Dios con valentía, que no rechaza el pecado de los hombres y consiente, por estar bien con ciertas clases, sus pecados, no está cumpliendo su deber, sino que está pecando y traicionando su misión. La Iglesia está al servicio de la conversión de los hombres, no para decirles que está bien todo lo que hacen, por eso, naturalmente, cae mal. Todo aquel que nos corrige nos cae mal. Yo sé que he caído mal a mucha gente, pero sé que he caído bien a todos aquellos que buscan sinceramente la conversión de la Iglesia». (21 de agosto de 1977).
Monseñor Romero desenmascara la vivencia de un cristianismo que no encaja con nuestra época. No se trata de seguir modas, sino de discernir los grandes cambios que se están produciendo, para bien o para mal. En primer lugar, debemos ser una Iglesia con los pies en la tierra. Nuestro lenguaje y nuestras prácticas sociales y religiosas del siglo pasado ya no son comprensibles en este siglo. En un mundo en cambio y en épocas de cambios, el cristianismo debe ser capaz de ubicarse en las nuevas realidades y expresar su mensaje de liberación y salvación de tal manera que se entienda, atraiga, cuestione, anime, dé esperanza para un futuro nuevo y responda a los desafíos del momento.
En las circunstancias actuales, nos pide «denunciar las injusticias», «proclamar con valentía el reino de Dios» y «rechazar el pecado propio de ciertas clases» (en lo económico, social, político y militar). Y lo refuerza diciendo que quien no se atreve a enfrentarse al pecado y a las estructuras pecaminosas, «no está cumpliendo con su deber y traiciona su misión”. Corremos el riesgo de ahogarnos en los graves problemas internos de la Iglesia, de preocuparnos casi exclusivamente por los ritos religiosos y de promover un cristianismo de vida tranquila.
El arzobispo es consciente de que la Iglesia no puede alabar los hechos en la sociedad ni debe echar incienso a quienes tienen el poder. Su misión principal es llamar a la conversión y llamar la atención sobre las prácticas que chocan contra el Reino de Dios. No se trata de pretender ser la jueza de la sociedad. Pero sí exige grandes esfuerzos de discernimiento para ver con claridad lo que es oscuro y todos los matices grises en los procesos económicos, sociales, políticos y militares. Discernir (en comunidad) a la luz del Evangelio es la condición necesaria para poder levantar la voz profética.
En nuestro mundo, en nuestro país, hay muchas personas que creen que es posible construir un mundo diferente, justo y solidario, en el que todos tengan libertad y vida. Muchos de ellos no son creyentes y no actúan por motivación religiosa. Pero, junto con ellos, la Iglesia puede ser una fuerza de esperanza y una voz crítica. Nuestras raíces evangélicas nos impulsan a crecer como sal, luz y fermento de cambio.
Son las «pequeñas bondades» de gente sencilla que provocan esa corriente de solidaridad y misericordia en la sociedad. La pequeña bondad es terca, valiente, contracorriente, desinteresada y no busca ser vista (publicada en Facebook, etc.). Y en esas pequeñas bondades y en tantas iniciativas de trabajo voluntario se expresa la misericordia y la bondad de Dios mismo. Es lo más humano y lo más divino. En todas las historias humanas encontramos hechos de bondad, convencidos de que la maldad jamás podrá con la bondad. La pequeña bondad es invencible.
La voz profética no puede separarse de la «pequeña bondad» en la vida del profeta. Quien denuncia la maldad de ciertos actos o negligencias políticas tiene la obligación ética de realizar hechos concretos de «pequeña bondad». El Reino no se construye a partir de denuncias, sino a partir de la conversión concreta en la vida real, en la mística del servicio a través de la «pequeña bondad», sin perder de vista la perspectiva política a la hora de tomar decisiones a nivel nacional o más allá de nuestras pequeñas fronteras.
Así como sucedió con Jesús y los profetas (del Antiguo y del Nuevo Testamento), los centros de poder, la clase pudiente y los más ricos estarán en contra. No vamos a caer bien. Mons. Romero sabía que no caía bien a mucha gente. Jesús no caía bien ni a la cúpula religiosa ni a la clase política. ¿Va a ser diferente con nosotros si de verdad tratamos de seguir su camino?
Cita 3, capítulo V (pecado y perdón), de El Evangelio de Mons. Romero.