El silencio de Dios
| Gabriel Mª Otalora
No guardes silencio, no calles, oh Dios, ni te quedes quieto… El salmo 83 es un botón de muestra de la multitud de plegarias que alzan la voz pidiendo a diario que no esconda su rostro, que nos bendiga y evite la tribulación y el desamparo. Es desconcertante su silencio cuando le anhelamos porque es el peor sufrimiento. Lo cierto es que esta experiencia nos lleva a “saber” que el silencio de Dios nos impulsa hacia Él. Es en las situaciones difíciles cuando aprendemos a escuchar a Dios, a confiar en sus tiempos y a desarrollar paciencia del que sabe, y por tanto espera en su amor.
El silencio es un tiempo para la confianza que puede convertirse en la maduración en la fe. No es mal ejercicio cuaresmal convertirse en “quien todo lo espera en el Señor” que cumple todas sus promesas aunque no se realicen nuestros deseos puntuales; hoy no es siempre. De aquí nace la necesidad de frecuentar los textos bíblicos donde se revela con claridad meridiana la actitud a seguir ante lo incomprensible de la existencia.
Se dice fácil, pero la metáfora de la noche ha sido predilecta en los grandes místicos, expertos en arideces y soledades que acrecentaron la espiritualidad y su ejemplo cristiano. Dicho silencio divino es la herramienta para aprender de Dios, a confiar en su tiempo y a desarrollar la paciencia creyente, que no es otra cosa que ejercitar la virtud teologal de la esperanza a la escucha. Por algo el Adviento es tiempo de espera, tiempo de esperanza… que a veces lo cantamos sin demasiado sentido.
El Evangelio de Juan cuenta la historia de sus amigos Lázaro, María y Marta. Cuando informaron a Jesús de que Lázaro estaba muy enfermo, no se apresuró para llegar a la casa de sus amigos. Es más, se demoró dos días en partir (Jn 11,6), y antes de que Jesús llegara, Lázaro había muerto.
A María y Marta, esta conducta de Jesús con su hermano ya muerto, pudo interpretarse como abandono por parte del amigo muy querido. Esto es lo que sentimos con frecuencia, cuando Dios no responde inmediatamente nuestros gritos de ayuda: Señor, si hubieras estado aquí, no me hubiera ocurrido…
Pero en el silencio de Jesús, podemos abrirnos a la transformación con los acontecimientos diarios ante una revelación más grande que llegará, a veces muy diferente a lo esperado, pero en la seguridad de que Dios no defrauda nunca si nos abrimos a la aceptación desde la fe.
En el salmo 22 el que el salmista clama a Dios sin medias tintas: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Clamo de día y no me respondes y de noche tampoco quedo en silencio…” Invocación bien conocida por clamarla Jesús desde la Cruz al Padre. Pero olvidamos que este salmo 22 continúa más adelante así: “Pero tú eres santo, en ti confiaron nuestros padres; confiaron, y tú los libraste. Clamaron a ti y fueron librados; confiaron en ti y no fueron avergonzados. Porque no menospreció ni aborreció la aflicción del desvalido, ni de él escondió su rostro, sino que cuando clamó a él, le oyó”. Y el Padre transformó su cruz en signo universal de la vida cristiana.
El silencio de Dios debe impulsarnos a orar, más que nunca, pidiendo luz y fuerza: luz para vislumbrar lo que tenemos que hacer, y fuerza para lograrlo. Es la mejor oración de petición. Lo cierto es que la falta de oración -y de vida de oración- es el mayor déficit de los cristianos en este momento: oramos poco y mal porque no confiamos en el poder que atesora fiarse de Dios, dejar a Dios ser Dios. Demasiadas veces buscamos obligar a Dios a entrar en nuestros proyectos a nuestra manera, en lugar de abrirnos con disponibilidad confiada a su libre iniciativa…
Si Jesús quiere dormir, ¿por qué se lo voy yo a impedir?
Oración:
Te pido Jesús
aprender a compartir
tu silencio en silencio con vos
descubriendo lo bien que hace al alma.
Amén
Sta. Teresita del Niño Jesús