#LectioDivinaFeminista “Por el fruto se conoce al árbol” ¿Qué clase de fruto soy yo?

“Por el fruto se conoce al árbol” ¿Qué clase de fruto soy yo?
“Por el fruto se conoce al árbol” ¿Qué clase de fruto soy yo?

Lucas 6,39-45

(Buscamos el momento y el lugar adecuados en este tiempo de gracia y oración. Podemos encender una vela, colocar un icono, la Biblia o el Evangelio, un cuaderno a mi lado, música de Taizé…)

  1. Nos preparamos a escuchar la Palabra.Hacemos silencio exterior e interior. Acompasamos la respiración inhalando y exhalando lentamente. Relajamos todas las partes de nuestro cuerpo.

Concédenos tu ayuda Abbá Dios, para que el mundo progrese según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega sincera, confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo.

  1. Lectura creyente.Proclamamos el texto saboreando la Palabra y descubriendo el mensaje de fe que guarda el texto bíblico. Nos fijamos en todos los detalles: personas, actitudes, lugares, expresiones...
  2. Meditamos la Palabra. ¿Qué me dice a mí, personalmente el Evangelio leído? Miramos la escena y nuestra propia vida. ¿Cómo lo vivimos en nuestra familia, grupo, parroquia, comunidad…?
  3. Oramos con la Palabra. Desde el texto leído y meditado, entramos en conversación personal con el Señor. Se puede compartir lo orado en el grupo, con la comunidad.
  4. Contemplamos al que es la Palabra. ¡Quiero identificarme contigo, Abbá! Contemplo a Jesús: en el trasfondo de esta escena, en su vida…
  5. Vivimos la Palabra, compromiso. ¿Qué quieres, Señor de mí? ¿A qué me compromete el mensaje de fe de este relato? ¿Cómo lo transmitimos?

En aquel tiempo, ponía Jesús a sus discípulos esta comparación:

- ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?

El discípulo no es más que su maestro, pero el discípulo bien formado será como su maestro.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Y cómo puedes decir a tu hermano: “hermano, deja que te saque la mota que tienes en el ojo”, cuando no ves la viga que hay en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás bien para sacar la mota del ojo de tu hermano.

No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por sus frutos: porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.

El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de la abundancia del corazón habla su boca.

Lectura creyente. Reflexión

La metáfora del árbol y sus frutos es el hilo conductor de las lecturas de este 8º domingo. La observación de hechos, acontecimientos que se daban en la vida ordinaria de las personas, así como las consecuencias que se derivaban de sus actos y conductas, era recogido por la sabiduría popular y reflejado en proverbios, dichos, patrimonio de todas las culturas antiguas que, a su vez, iba forjando una imagen del ser humano. Éste se definía por su libertad, siempre en constante evolución y adaptándose a la realidad de lo que acontece tal como es. Conserva así su misterio, su capacidad de optar y decidir libremente ante una determinada situación.

Solo después se puede hacer un juicio de él, ver si se ha ajustado o no a la realidad que la vida le puso por delante. El autor del libro del Eclesiástico (Eclo 27,5-8) y otros, como el libro de los Proverbios, recoge lo que se ha ido guardando en la memoria colectiva de las comunidades y expone la relación entre lo que uno/a es y lo que dice o hace empleando la imagen del grano, de la vasija y del árbol; la calidad de éstos se revela en la prueba; la del hombre-mujer en su decisión (Mt 7,16-20). Dios que está en la intimidad, en el alma original, conoce al ser humano en profundidad.

El salmista, con un rico lenguaje, insiste en ello para mostrar que los frutos del justo, de la persona íntegra, serán espléndidos y duraderos.

En el Evangelio, Lucas nos recuerda que una actitud crítica frente a los demás es sana y recomendable. Pero ha de ir precedida por una actitud rigurosa y honestamente autocrítica. Jesús apunta hacia la interioridad como lugar donde se gestan las decisiones más profundas del ser humano y proclama tajante: sólo quien tiene un corazón bueno puede ser el árbol bueno que da frutos buenos. Tanto la bondad como la maldad son cualidades de la persona que deben ser desveladas en las circunstancias concretas de cada uno/a. Es enormemente difícil acceder al interior del ser humano y, por ende, emitir un juicio de valor absolutamente veraz. Ya nos lo advierte el mismo Jesús: “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados” (Lc 6,37); no siempre podemos descubrir lo que de verdad se esconde en lo más profundo del ser humano.

Cristiano/a no es sólo el/a que cree en la esperanza del Reino sino, sobre todo, quien pone en práctica las obras de Jesús, no quien dice y no hace; ese sería el fariseo, principal adversario de Jesús.

La fe entraña confianza, obediencia al estilo de Jesús, conocimiento y reconocimiento del Salvador, sin reservas. Las obras no son sólo una consecuencia y manifestación de la fe sino la confirmación de la misma. No hay fe si no se hace acción, trabajo, compromiso. Con todo, también las obras pueden ser una tapadera o una excusa para maquillar un interés no tan inocente sin relación con las actitudes fundamentales de la persona. De la misma manera, un acto reprobable puede ser fruto de un momento de cólera, de indignación que tampoco refleja la actitud real de la persona.

El ser humano existe para transformar el mundo, humanizarlo y recrearlo en clave de amor, justicia y paz. La fe pues, no es un añadido sino una dimensión esencial de transformación, de liberación. Un aspecto, por otra parte, humilde, verdadero, pero actuante, efectivo.

Lo específico del seguidor/a de Jesús no es una doctrina ni un código de pureza preceptos o cumplimientos, sino quien practica el amor de Jesús en su vida en la medida que ese amor cambia las relaciones sociales y transforma la persona. Es la savia que fluye incesante en cada Ser. Hemos sido llamados/as para anticipar, como él y en memoria suya, ese futuro que es interrupción[1] de este tiempo de incertidumbre, de amenazas terribles y de desolación.

La persona creyente transforma su entorno personal y social para hacerlo más libre y humano; se reconoce creyente porque da su adhesión a Cristo, como realidad última y la confiesa a los demás. Si los/as cristianos/as nos desentendemos de las obras, no estamos dando testimonio de la praxis de Jesús. La calidad de la persona se revela en su decisión, “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16-20).

A Lucas le preocupa que los cristianos de sus comunidades comprendan la palabra de Dios, pero sobre todo que la pongan en práctica. Así es como podrán formar parte de la familia de Jesús. El Dios que transparenta Jesús en su existencia, todo lo que dice, lo que hace, la novedad que anuncia o la denuncia que pregona con valentía, no es un universal sin rostro, sino “uno de los nuestros”. No podemos prescindir de las bienaventuranzas, de los/as crucificados/as de todos los tiempos, ni de las expectativas esperanzadoras de los “tabores” del presente, que también las hay.

La relación con Dios pasa por la conversión a Quien así se identifica en los/as vulnerables, los/as pobres: “A mí me lo hacéis” (Mt 25,31). Los/as pobres son el sacramento y la mediación indiscutible para relacionarse con Dios.

Jesús arremete contra el fariseísmo que se cuela sutilmente en nosotros, quedándonos en las formas, en lo externo, en mi ego y descuidando el fondo, el interior, la relación con Dios en lo más íntimo de mí mismo/a. De ahí que la vigilancia o la escucha de nuestra mente y nuestro corazón es el mejor remedio para evitar la hipocresía y el autoengaño generalizado en nuestra sociedad, en nuestro mundo.

El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de la abundancia del corazón habla su boca”.

Meditación

El espíritu competitivo que nos rodea por doquier hace que crezca el “ego” y crea conflictos inevitablemente. Ten confianza en ti mismo/a, preserva tu paz interior evitando entrar en la provocación y en las trampas de los otros/as.

La filosofía oriental nos recuerda: “Toma un momento de silencio interno para considerar todo lo que se presenta y toma tu decisión después. Así desarrollarás la confianza en ti mismo/a y la sabiduría”. 

En ese sentido, podríamos preguntarnos, ¿qué clase de fruto soy yo? ¿Cómo lo vivo en mi entorno familiar, laboral, en mi grupo o comunidad?

Evita el hecho de juzgar y criticar. Dios tiene una compasión infinita y no conoce la dualidad. Cada vez que juzgas a alguien lo único que haces es expresar tu opinión muy personal y es una pérdida de energía, es puro ruido. Juzgar es una manera de esconder tus propias debilidades.

Oramos con las Mujeres bíblicas (Dolores Aleixandre)

Que Eva nos dé la esperanza para escoger la vida

y conservarla en nuestra marcha hacia la Pascua.

Que recibamos de Sara la fe para seguir nuestro sueño por el desierto

y para creer que lo imposible es posible.

Que, como la Samaritana, volvamos a casa anunciando

que Jesús nos ha dado el agua de la vida. 

Que la madre del ciego nos ayude a ver al Señor,

presente siempre en medio de nuestras tinieblas.

Que Marta, la hermana de Lázaro, nos regale su fe y la valentía

para expresarla en momentos difíciles.

Que María, la madre de Jesús, nos muestre el fruto bendito de su vientre,

también en la noche de la fe.

Que con María Magdalena, no tengamos miedo a amar ni a presentarnos

como “apóstol de los apóstoles”.

Vivimos la Palabra, compromiso.

¿A qué me compromete el mensaje de fe de este relato? ¿Cómo lo transmitimos? ¿Cómo lo vivo personal y comunitariamente?

[1] Categoría que utiliza Johann B. Metz. Dios viene a los campos de exterminio del mundo para salvar, pero su Presencia es eficaz en la medida en que hay hombres y mujeres que interrumpen ese sufrimiento. Cuadernos CJ, 239, F. Javier Vitoria, Dar razón de la esperanza en tiempos de incertidumbre.

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