Una triste escena de condena se transforma en un maravilloso acto de nueva creación Jesús, rostro de Dios, escribe con el dedo del perdón

"El Rostro de Dios, cuya compasión resplandece en el Maestro de Nazaret, no puede ser encontrado si primero no reconocemos la acción de Su Dedo, en medio de la bochornosa escena condenatoria de una mujer"
"Los contrastes: el 'rostro avergonzado' de la adúltera, que se encuentra con el 'rostro misericordioso' del Señor; y 'el dedo condenatorio' de los hombres, que declinan ante 'el dedo escribiente del perdón' en la tierra, son motivos de meditación y posterior contemplación"
"En la dramática escena en que esta mujer es expuesta en medio del grupo, y delante del Maestro, para que sea juzgada y condenada, emerge con peso ‘el dedo de los hombres’, que señalan, juzgan y toman piedras dispuestas a dar muerte"
"Mientras el dedo de los fariseos señala a la mujer, el dedo de Jesús escribe en la tierra; diseña una obra renovadora. Mientras los hombres optan por la muerte, Jesús opta por un acto creador"
"En la dramática escena en que esta mujer es expuesta en medio del grupo, y delante del Maestro, para que sea juzgada y condenada, emerge con peso ‘el dedo de los hombres’, que señalan, juzgan y toman piedras dispuestas a dar muerte"
"Mientras el dedo de los fariseos señala a la mujer, el dedo de Jesús escribe en la tierra; diseña una obra renovadora. Mientras los hombres optan por la muerte, Jesús opta por un acto creador"
El Rostro de Dios, cuya compasión resplandece en el Maestro de Nazaret, no puede ser encontrado si primero no reconocemos la acción de Su Dedo, en medio de la bochornosa escena condenatoria de una mujer. Los contrastes: el ‘rostro avergonzado’ de la adúltera, que se encuentra con el ‘rostro misericordioso’ del Señor; y ‘el dedo condenatorio’ de los hombres, que declinan ante ‘el dedo escribiente del perdón’ en la tierra, son motivos de meditación y posterior contemplación.
‘‘Cada día mi vergüenza está delante de mí y la confusión cubre mi rostro”, confiesa el salmista (Sal. 44:15). Es una expresión de angustia, turbación y dolor, que vemos reflejado con dramatismo en esta escena del Evangelio de Juan 8, 1-11. Sentimos vergüenza, con la adúltera, porque hemos olvidado nuestra diafanidad, oscurecido nuestro propio rostro y ocultado la trasparencia del amor, ante Dios, ante los hombres y ante la creación. La vergüenza se experimenta en todo el ser, pero es el rostro quien lo refleja dramáticamente. Tal era la situación de la adúltera, que representa el alma de todo ser humano que aún no ha sabido encontrar el camino luminoso que la Vida divina le ha trazado.

Por su parte “el Rostro de Dios”, que es Su presencia, Su favor y fulgor luminoso, nos remite a su bendición: “El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia. El Señor alce sobre ti su rostro, y te dé paz.” (Núm 6:24-26). Es bajo Su mirada donde hay luz, bendición y paz. Lo cantamos con los salmistas en la búsqueda del rostro de Dios, como un acto de devoción y deseo de comunión con Él, “Mi corazón dice de ti: Busca su rostro. Tu rostro, buscaré, Señor” (Sal 27:8). Aunque, como a todos nos ha acontecido, que en algún momento percibimos como si pareciera que Dios nos escondiese Su rostro, como un signo interior de juicio o distanciamiento: “¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?” (Sal 13:1).
La meditación sobre el “Rostro de Dios” nos conduce a disponernos a Su cercanía y relación personal. Sin embargo, lo más probable es que percibamos, por mucho tiempo, que hemos de encontrarnos primero con “El Dedo” de Dios. Parece que es necesario dejarse re-crear y transformar, como disposición previa a ese encuentro Rostro a rostro. Muchos místicos y santos lo han vivido así; es necesario encontrarse primero con el dedo de Diosantes de poder encontrarse con Su rostro.
En la dramática escena en que esta mujer es expuesta en medio del grupo, y delante del Maestro, para que sea juzgada y condenada, emerge con peso ‘el dedo de los hombres’, que señalan, juzgan y toman piedras dispuestas a dar muerte. El dedo de los hombres condena y se opone al querer de Dios que clama “Si quitas de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador y la palabra condenatoria…” (Is 58:9). Es el verdadero ayuno y la metanoia: transformación de la mente y el corazón. Mientras el dedo de los fariseos señala a la mujer, el dedo de Jesús escribe en la tierra; diseña una obra renovadora. Mientras los hombres optan por la muerte, Jesús opta por un acto creador.
Quien busca la cercanía, compañía y unidad con Dios, se hace sensible a la Obra que poco a poco Él realiza en su existencia; así, el “dedo de Dios” simboliza ese poder que siempre es creador, como lo reconoció el salmista: “Cuando contemplo el cielo, Obra de tus dedos” (Sal 8,4). Es un dedo transformador y liberador: “…si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, entonces el reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11:20). El “dedo de Dios”, imprime una nueva Ley del Espíritu en la condición de barro del hombre. Así como YHWH escribió con Su dedo la Ley en las tablas de Piedra, (Ex 31:18), así Jesús escribe la Nueva Ley de la misericordia en la tierra del corazón de los hombres. Dios interviene directamente en la vida de quien le expone la tierra de su corazón, como María que “guardaba estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19).
De esta manera, lo que parecía ser una grotesca escena de condenación y violencia, el Maestro la ha transformado en un maravilloso acto de nueva creación. El dedo del Maestro es el dedo de Dios que reescribe la historia, no solo de esta mujer, sino de aquellos que, con el rostro avergonzado sueltan las piedras amenazantes de sus dedos, pero pueden salir con el rostro resplandeciente por el perdón y la misericordia. Es el momento en el que la mujer puede verse Rostro a rostro con el Maestro. Es la experiencia del Rostro de Dios que ella percibió, pero que pasó primero por el dedo que escribió en la tierra de su corazón.

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