Mirar con ojos limpios
Domingo 8º del tiempo ordinario
Evangelio: Lc 6, 39‑45
Les dijo también una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo?
¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El malo saca el mal de su maldad; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.
Para meditar:
1.La sociedad donde vivió Jesús estaba marcada por la religión judía. Contaban sobremanera las apariencias religiosas para tener privilegios sociales. Había personas que se presentaban en sociedad como religiosamente puras e incontaminadas, pero en su intimidad eran egoístas y buscaban los primeros puestos. La fachada disimulaba la codicia que abrigaba su corazón. No aceptaban que un ciego de nacimiento viera porque ellos querían aparentar como únicos maestros. Con esa hipocresía religiosa condenan a una pobre mujer adúltera ocultando la corrupción que llevan dentro. Jesús les dice: “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”
2.Estamos en una sociedad cada día más plural; en la condición sexual, a la hora de pensar y de organizar la vida, en las formas de familia, en las creencias religiosas, incluso en las distintas opiniones dentro de la única Iglesia. Fácilmente quienes tenemos nuestro nuestras costumbres, nuestras creencias y nuestro modo de ver las cosas, juzgamos a los demás como si ellos no tuvieran el mismo derecho a todo eso. Algunos cristianos se escandalizaron cuando en su oportuna Exhortación “Alegria del amor” el papa Francisco dice: “ Si una persona es gay y busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?
3. Hace años en un país de Centroamérica estuve, durante unos meses, atendiendo como una especie de capellán en una cárcel donde había personas condenadas por muy variadas causas. Aunque los guardianes me recomendaban cuidado, pronto me moví con buena acogida entre los presos. Escuche, a veces con dolor la historia de algunos. A todos miré con amor y cuando contaban las sombras de su vida. me decía: “ese soy yo”. Mirar a las personas con ojos del corazón y verlas como hermanas, es la clave para no hacer juicios inspirados en nuestra ficticia autosuficiencia: “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”