"Hermano Trump: déjame decirte que tu dios no es el Dios de Jesús, y que esa proclama tuya no tiene nada de cristiana, ni siquiera de auténticamente religiosa. Eso se llama, pura y simplemente, superstición" Revoluciones eclesiásticas: "En la Iglesia hay que sentirse a gusto por lo que ella significa, no por su modo de ser"

Sínodo 2021-2024 'Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión'
Sínodo 2021-2024 'Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión'

Las reformas en la iglesia han salido mal muchas veces no solo por culpa de las autoridades sino de los mismos reformadores que identificaban totalmente su voluntad con la de Dios (un poco como hace Trump cuando cree que fue Dios quien desvió la bala dirigida a él).

Para evitar eso es preciso reconocer que "todos somos pecadores" (Rom 3, 23); y que las reformas han de aspirar a ser globales para ser verdaderas reformas- En este sentido es imposible sentirse "cómodo" en la Iglesia, aunque estemos contentos de pertenecer a ella por lo que significa. Pero cómodo solo se siente uno en las sectas...

Hermano Trump: déjame decirte que tu dios no es el Dios de Jesús, y que esa proclama tuya no tiene nada de cristiana, ni siquiera de auténticamente religiosa. Eso se llama, pura y simplemente, superstición

Enseña la historia que las revoluciones civiles, por necesarias que fuesen, se hicieron mal o acabaron medio fracasando. Enseña también que las revoluciones en la Iglesia tampoco salieron como se habían soñado. Y eso no ya por lo que algunos dicen ahora (“el papa Francisco se está volviendo conservador”), sino por culpa de los mismos revolucionarios, cuyos egoísmos desfiguraron la noble causa por la que luchaban.

Lecciones de la historia

Que la Iglesia de los siglos XV-XVI necesitaba una gran reforma, nadie lo duda hoy. Pero lo que aquellos reformadores nunca hubieran querido es que, en vez de una iglesia reformada, aparecieran cuatro o cinco iglesias distintas.

Pero así fue: Calvino no se entendió con Lutero y acabó creando una iglesia nueva. Zwinglio no se entendió con ninguno de los dos y le pasó lo mismo. Lutero, tan genial como unilateral, olvidó las justas demandas de los anabaptistas y de Thomas Müntzer y acabó deseando “que los matasen a todos” y que se había alguien bueno entre ellos ya se encargaría Dios de salvarlo. Y prescindamos ahora del rey de Inglaterra y sus divorcios…

El viaje de tus sueños, con RD

Reformadores protestantes y la Reforma
Reformadores protestantes y la Reforma

Total: que en el s. XVII, en lugar de una iglesia reformada teníamos cinco. Ello contribuyó a que la iglesia católica no se sintiera interpelada por algunas decisiones muy válidas y necesarias de los reformadores: como traducción y lectura de la Biblia, justificación por la fe, liturgia en lenguas “vulgares”, los abusos con las indulgencias y las imágenes, el carácter no sacerdotal del ministerio eclesiástico y, probablemente, también el acceso de la mujer a ese ministerio… Muchas de las cuales acabaron siendo aceptadas por la iglesia católica más tarde y con retraso.

Dejemos estos fallos de la Reforma, dejemos a las iglesias norteamericanas y pasemos al Vaticano II. He evocado alguna otra vez la gran alegría sobre la marcha del concilio que transmitía Henry de Lubac (más tarde cardenal) a quien vi algunas veces en Roma en 1966.

De ahí mi desilusión y mi desconcierto cuando, poco después de terminado el Vaticano II, De Lubac publicó un duro manifiesto contra la forma como algunos estaban aplicando el Concilio. Por lo que pude seguir, tengo la sensación de que buena parte de la derechización de Ratzinger se debió a esos mismos excesos o abusos del Vaticano II: de modo que el futuro Benedicto XVI fue quedando como un señor que podía decir algunas cosas que sonaban muy audaces en teoría; pero solo en la teoría: su praxis era cada vez más conservadora (como mostró rechazando a Metz para una cátedra en München, cuando Ratzinger era el prelado de aquella diócesis). Más sereno o más resignado recuerdo haber oído otra vez a K. Rahner hablando del concilio, con una sonrisa pacificada: “bueno: algunas cosas no han podido salir ahora; pero saldrán más adelante”.

Y no se trata ahora de discutir si alguna de aquellas interpretaciones “exageradas” no podían tener su parte de razón; se trata más del modo de llevarlas cabo por todos aquellos impacientes, que no habían tenido que dialogar pacientemente con Trump ni con Ottaviani y que quizás sin darse cuenta, sentían que “el Vaticano II soy yo”. Como ahora parecen pensar algunos: “la reforma de Francisco soy yo” (y como antes había dicho Pio IX “la tradizione sono io” y Luis XIV: “el estado soy yo”).

Concilio Vaticano II
Concilio Vaticano II

Total: de aquellas peleas salió un postconcilio con, al menos, cuatro clases de católicos: los que rechazan al Vaticano II (que entonces se manifestaron menos, pero ahora se dejan oír más claramente). Los que, rechazando al Concilio, se valían para impedir su aplicación de algunas frases más “concesivas” del mismo Concilio, ignorando todas las demás. Lo que fue una especie de Vaticano II con el freno de mano puesto y que ha durado unos 50 años. Y lo que ahora, con Francisco estaba comenzando a ser una puesta en práctica del Vaticano II.

(N.B. Lo de los cincuenta años de espera no me sorprende. Ya comenté otras veces que eso mismo ocurrió con otros concilios famosos: como Calcedonia o Trento. Debe ser que así es la historia humana).

Maneras de leerlas

Me dirá alguien que estas reflexiones están dictadas por el miedo y la vejez. O tal vez porque tantas reformas como he ido viviendo desde 1970 hasta hoy, ya me dejan tranquilo. Quiero dar beligerancia a estas observaciones, con tal que mi interlocutor acepte también esta otra: los reformadores no estamos concebidos sin pecado original. El primer lazo de unión eclesial, como escribía Pablo a los romanos, es que “todos son pecadores y necesitan la gloria de Dios” (3,23). De ahí el peligro de que la iglesia reformada degenere en secta, cuando, inconscientemente quizá, se busca más la satisfacción propia que la gloria de Dios.

Por eso no puedo compartir la opinión de que si no te encuentras “cómodo” en la Iglesia, es señal de que algo falla en ella. En la Iglesia hay que sentirse a gusto por lo que ella significa, no por su modo de ser: estamos contentos en ella porque es la señal visible del amor incondicional de Dios a esta humanidad total, revelado en Jesucristo, y que busca no excluir a nadie (de fuera ni de dentro).

Pero no puedo pretender sentirme cómodo en la iglesia por su modo de ser: porque es imposible que una institución de más de mil millones de miembros, sea toda ella a gusto mío. Esa comodidad solo se da en las sectas (que por algo son de dimensiones reducidas).

Esa especie de incomodidad es intrínseca al hecho eclesial: de ahí el otro peligro innegable contra el que también hay que alertar: que algunos la utilicen en favor de lo que el mejor Ratzinger llamó “la defensa de su pereza”.

Pero si miramos el Nuevo Testamento encontraremos esas incomodidades, tanto en Lucas que las suaviza como en Pablo que las desnuda más. Ya en aquellos primeros conversos existían algunos “fanáticos de la Ley” (Hchs 21,20) que se dedicaban a predicar contra Pablo o a reconvertir a los “insensatos gálatas” (Ga 3,1)[1]. Como existían corintios que abusaban de la libertad predicada por Pablo[2]. Y como existían teologías que parecían opuestas entre Pablo y Santiago (aunque luego haya resultado que no lo eran tanto). Y al pobre Pedro le tocaba ir poniendo bálsamos entre unos y otros, aunque eso le supuso también algún disgusto…

Imagen de la 'protección divina' de Trump en su atentado
Imagen de la 'protección divina' de Trump en su atentado RRSS

Pero esta es nuestra pasta humana (con sus dosis de antifraternidad): la que Cristo recapituló y Dios Padre quiere convertir en hijos suyos y hermanos todos. Y sería muy bueno, también ahora, recordar el consejo que entonces se dio para mantener la unidad: “no olvidarse de los pobres” (Gal 2, 10).

Un ejemplo que puede ser útil

A lo mejor todos hemos recibido una lección importante sobre el modo de comportarnos, en un episodio muy de estos días: lo que no debemos hacer nunca es decir, como Mr. Trump: “fue Dios quien desvió la bala que iba a matarme”. O sea: las balas que acabaron con J. F. Kennedy y con M. Luther King, no las desvió Dios porque debían ser malvados. Cuando las cosas salen a mi gusto es Dios el que actúa; y cuando no salen a mi gusto será Satán…

Hermano Trump: déjame decirte que tu dios no es el Dios de Jesús, y que esa proclama tuya no tiene nada de cristiana, ni siquiera de auténticamente religiosa. Eso se llama, pura y simplemente, superstición: algo que todas las iglesias han perseguido siempre con ahínco. Es una frase que podrá servir para ganar elecciones: seguro (y ya escribí otra vez en este mismo blog que, tal como se han puesto las cosas, a mí no me resultaría tan grave que las ganes). Pero ahora no hablamos de elecciones sino de que esa afirmación tuya es tan poco cristiana como la de aquellos que le decían a Jesús que le bajara Dios de la cruz para que creyeran en él.

“Reflectir para sacar algún provecho” (EE 107-108)

Así estamos: solo quisiera haber sugerido una meditación a todos los reformadores y opositores eclesiásticos. Una meditación que debería terminar en dos palabras: paciencia y pedagogía.

Las impaciencias son algo de lo más comprensible: por supuesto. Pero eso no significa que sean de lo más santo, aunque pueda haber “divinos impacientes”. Después de habernos entusiasmado con la sinodalidad, no es ahora momento de decir que si la sinodalidad no produce reformas deja de ser creíble. Quizás habría que decir que si las reformas no intentan ser lo más sinodales posibles, tampoco acabarán siendo demasiado eficaces.

Sinodalidad
Sinodalidad

Todos hemos visto alguna vez que el autoritarismo podía ser más rápido y eficaz que la democracia: pero, en primer lugar, esa eficacia suele ser débil y además, la democracia no se justifica por sus efectos, sino por lo que ella misma significa.

Y hay un ejemplo que me hizo mucha gracia cuando lo leí, y que muestra sin querer lo difícil que es eso de la integración: a Don J. Sebastián Bach, luterano convicto, se le ocurrió (supongo que por razones musicales) componer una Misa (en sí menor). Y resultó que los protestantes prescindían de ella, porque ellos no tienen misas. Y los católicos la rechazaron porque era obra “de un hereje”. Total: la misa en sí menor recibió un no mayor. Y ha tenido que pasar tiempo para que todos podamos disfrutar aquella preciosidad. Otra lección de la historia: es preciso integrar pero eso no es nada fácil.

Una aplicación para hoy: la sinodalidad

Podría ser bueno entonces concluir con una palabra sobre la sinodalidad. Creo que durante el primer milenio más o menos, hubo un buen ejemplo de ella en la elección de los obispos por las propias iglesias locales (caso, de todos modos, más fácil que cuando se trata de una decisión para la iglesia universal).

La certeza de una acción del Espíritu se daba solo cuando había unanimidad (casos bien raros como los de s. Martín de Tours y san Ambrosio de Milán). En otros casos funcionaba una especie de búsqueda de comunión, tan respetable que, ante apelaciones a Roma, por desacuerdo en algún nombramiento, la respuesta del papa no fue nombrarlo él, sino decir que se repitiera la elección[3].

De aquí surgió aquel principio que pasó luego al derecho común: “lo que afecta a todos debe ser tratado y aprobado por todos”[4]. Eso mismo se refleja en la frase popular: “vox populi vox Dei” cuyo peligro es que se la lea como si dijese: vox mea (o vox nostra = de mi grupo) vox Dei. Y que, en más de un caso, podrá ser verdadera; pero ha de procurar salir de su particularidad para hacerse lo más universal posible.

Lo que acabó con aquella práctica de nombramientos episcopales (simplificando un poco la complejidad de la historia), fue que los príncipes y señores feudales pretendieron sustituir al pueblo o argumentar eso de: “el pueblo soy yo”. Lo cual fue obligando a Roma a hacer ella esos nombramientos para salvar la libertad de la Iglesia. Y yo, que proclamo esta reforma como importante y urgente para hoy, temo también que el día en que las iglesias locales recuperen su protagonismo en la elección de sus pastores, el gran peligro será que esos nombramientos acaben siendo hechos no por el pueblo sino por los Medios de Comunicación que hoy son tantas veces medios de manipulación social.

Dejando este ejemplo, el sentido de una verdadera sinodalidad es que la Iglesia funcione como lo que dice ser: una comunión (koinonía) universal (católica). Y funcionar como lo que uno es, en el fondo no es siempre lo más cómodo y lo más fácil; pero sí que parece ser lo más auténtico, aunque a veces pueda implicar renuncias costosas. Pero otras veces proporcionará experiencias muy gratas de gratuidad y de armonía.

Cúpula de San Pedro, en el Vaticano
Cúpula de San Pedro, en el Vaticano Benjamin Fay

“¿Qué será, será...?”

Estas reflexiones tienen la inoportunidad de tener ahí delante el próximo sínodo sobre el cual ya se oyen opiniones no del todo esperanzadas. Creo que la única manera de crear esperanza es que el sínodo sea bien sinodal (valga la redundancia). Que puedan hablar todos y de todo: evitando por un lado el influjo tácito de “grupos ocultos de presión” (que es el peligro de todos los asamblearismos)[5]. Y que si se excluye algún tema no se haga de manera tácita y autoritaria sino que las comisiones preparatorias aduzcan las razones para ello: no es el más urgente, no está aún suficientemente maduro, no es una demanda universal, tiene estos o aquellos inconvenientes… etc., etc.

Luego, pase lo que pase, habrá que estar preparados para el consejo que daba título al último libro del gran J. Moingt: “Creer a pesar de todo”.

[1] Esos, aún no del todo cristianos, existen también hoy. Algunos son autoridades, llevan mitra y han hecho al cristianismo un daño que quizás desconocen.

[2] Esos “corintios” existen hoy también; y nos toca a nosotros preguntarnos si no podríamos estar entre ellos.

[3] Información más detallada sobre toda esta historia en el libro: “Ningún obispo impuesto” (San Celestino papa). Las elecciones episcopales en la historia de la Iglesia. (Santander 1992).

[4] “Quod omnes tangit ab omnibus tractari el approbari debet”. En su origen era una frase del derecho romano y de Justiniano, aplicable solo a casos de derecho privado (familiar etc.). Con la práctica eclesial se hizo de derecho público.

[5] Y sobre todo (como antes insinué) el influjo de algunos medios de comunicación, que parecen haber hecho de la reforma de la Iglesia una especie de “título colorado” para evitar dedicarse a la propia reforma (que quizá sería muy necesaria en algunos casos).

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