Vivir en profundidad la vida

Vivir en profundidad la vida
Vivir en profundidad la vida

«El que no valora la vida, no se la merece» (Leonardo da Vinci).

Preocupados y agobiados como andamos todos los días por el trabajo (o la falta del mismo), por el coche que se ha estropeado, por los estudios de los hijos, por la enfermedad del padre o la madre… nos queda poco tiempo para percibir lo que sucede a nuestro alrededor, en nuestro entorno más cercano o en el mundo más allá de nuestras fronteras.

Se nos escapan las miradas cómplices, los deseos de que escuchemos o atendamos a alguien, la ducha que nos relaja al levantarnos, la comida en familia, con las risas o las preocupaciones de cada uno, la llamada del amigo para saber cómo estoy, la mano del mendigo en el metro por la tarde, la canción que está tocando el joven en la esquina de mi calle… Son tantos los detalles que nos pasan desapercibidos y que nos ofrece la vida cada día, los pequeños placeres, las llamadas de atención, las súplicas por atender…

Y es que la vida es lo único que tenemos en las cuencas vacías de nuestras manos. Y la vida está palpitando, brotando, sintiendo, mostrándose descarada, reflejándose en las miradas, circulando por las calles o las arterias, emocionando, conmoviendo, naciendo… a cada instante, en este mismo instante.

Cuando pasamos de largo, nos desentendemos, no deseamos escuchar, ni ver la realidad tan dura que a veces nos ofrece la vida, como en esta crisis de valores, económica, estructural que estamos padeciendo, nos alejamos también de la vida, de lo que nos puede transmitir, regalar, para transformar nuestra existencia. Sí, porque el dolor y el sufrimiento también puede remover nuestras entrañas, para tomar la senda del compromiso, la solidaridad y el cuidado, para proteger la vida, todas las vidas, y que se puedan desarrollar en plenitud.

Porque la vida no solo es la que tienen los seres humanos, hombres y mujeres. La vida es mucho más amplia en nuestra tierra, en el universo; nosotros somos solo una parte más del entramado de la vida en nuestro planeta, por eso debemos sentirnos hermanados con los animales, las plantas, los bosques, los océanos, la atmósfera, para sentirnos unidos, en simbiosis y parte integrante de todo el ecosistema de la vida.

Y en este contacto con la vida que se desarrolla a nuestro alrededor, que podemos observar, tocar, compartir y sanar, nos sentimos profundamente unidos al Misterio, a la Fuente de la Vida, que está latiendo y dando consistencia a todo lo que palpita y existe. Para ello necesitamos vivir con otro talante, con otra mística, con lo que podríamos expresar como «espiritualidad de la vida» (aunque la espiritualidad impregne toda la vida y la vida transpire por todos sus poros su propia diafanidad y trascendencia), mediante una forma distinta de contemplar, escuchar, acoger, admirar, cuidar y relacionarnos.  

Una auténtica espiritualidad de la vida debe recuperar y acrecentar el amor por la vida, que está ya presente en todo el universo y en todos los seres vivos en comunión, que anhelan más vida, vida en abundancia. Para seguir creciendo, en camino hacia su plena realización, junto a los demás, pues el egoísmo no es una característica de la vida, sino la sinergia, la correspondencia y la relación.  

«Felices quienes cierran los ojos y sienten vibrar, circular, brotar, latir la vida dentro de sí mismos».

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