Percance alimentario que impidió una primera misa e hizo aflorar la fraternidad en San José del Amazonas (Perú) Vicariato hospital de campaña

Misioneros, invitados, trabajadores de la oficina, familias enteras, amigos… Pocas personas se salvaron de la intoxicación masiva. Los que estábamos sanos nos organizamos espontáneamente para cuidar a los enfermos. Fue algo muy bonito, nadie tuvo que dirigir, simplemente le dábamos respuesta a las situaciones que se presentaban.
Alguien recién llegado expresó que ese fin de semana descubrió que el Vicariato es una familia, y sí, me siento muy orgulloso de eso. Hacemos lo que podemos, con lo que tenemos y los que somos, como un hospital de campaña, sin escatimar esfuerzos y entusiasmo, dándolo todo.
Aunque el título podría haber sido “Una primera misa de miér…coles”, porque el teléfono sonó a las 3 de la madrugada, pocas horas antes de la cantamisa de Ramón. El hospital de Caballo Cocha empezaba a colapsar por la llegada de enfermos con un cuadro severo de vómitos, diarrea, dolores fuertes y gran malestar. Y todos habían participado en la fiesta de la noche anterior y comido ají de gallina, el probable foco de infección.
Misioneros, invitados, trabajadores de la oficina, familias enteras, amigos… Pocas personas se salvaron de la intoxicación alimentaria masiva. Tuvieron que llevar colchonetas al hospital y llamar a más enfermeras, porque al principio solo había dos y no daban abasto. Hubo que poner clavos en las paredes para colgar las bolsas de suero. Por todas partes se estibaban los enfermos; el doctor Zach, misionero médico, fue de los primeros en caer y de los más afectados.
Nuestra enfermera Elita Pinedo, responsable del Departamento de Pastoral de Salud del Vicariato, se salvó y fue clave para afrontar la crisis. A quienes estaban en el Centro Papa Francisco y habían sido trasladados al hospital, en cuanto se estabilizaban los devolvía al Centro para tratarlos allí. Las paredes nuevas se vieron tachonadas de puntas para las vías. Elita se multiplicó con gran entereza, profesionalidady cariño.
Yo no noté absolutamente nada, y eso que comí normal y además tragué cinco o seis vasos de masato; será por la ley de la compensación: después de la gripe, me tocaba. Los que estábamos sanos nos organizamos espontáneamente para cuidar a los enfermos. Fue algo muy bonito, nadie tuvo que dirigir, simplemente le dábamos respuesta a las situaciones que se presentaban. Me recordó, en otro nivel, a la pandemia.
Ramón salió temprano a comprar medicamentos, botellas de salino, ampollas, suero oral… No hay duda de que su sacerdocio está marcado desde el minuto cero por el servicio a los más débiles. Las hermanas Marisol y Rosario se olvidaron de sus molestias intestinales y se patearon el pueblo saqueando literalmente las boticas; las existencias de loperamida y dimenhidrinato temblaron. Matías no se movió de la posta médica pidiendo y enviando, procurando bolsas y baldes, acompañando…

El pueblo cristiano se fue congregando para la primera misa y alguien tenía que explicar que ya no iba a poder ser ese día, y ahí intervine yo. Las caras del público expresaban sorpresa, pero también comprensión. Después me dediqué a caminar de un lugar a otro viendo cómo estaban los pacientes, qué se necesitaba, llama a este, trae lo otro por favor. Así pude apreciar la magnitud de la desgracia y la belleza de la entrega gratuita de unos a otros.
Santiago, Jorge y Janner, de la oficina, hicieron mil encargos. Alfonso lavó ollas, peló papas junto con el p. Javier, ayudó generosamente en la cocina a la hermana Berta, que se tuvo que sobreponer al disgusto y a la baja de sus ayudantes. Carmen limpiaba baños, que la vi con el rabillo del ojo. Bedith y Magna prepararon un rico tacacho que agradó a quienes teníamos hambre y a quienes apenas podían empezar a comer algo.
Me hacía gracia que Zach, sin casi poder moverse, diagnosticaba desde la cama. Llegaba por ejemplo un huambro, le contaba a Elita lo que le pasaba, y ella se iba junto a Zach: “un niño de 14 años que pesa 43 kilos y dice que tiene dolor agudo y vómito, pero no diarrea”. Y el doctor, con un hilo de voz de ultratumba: “dale dos miligramos de buscapina y ponle una ampolla de…”. Jeje.
Varios de los seminaristas cayeron, Anna y Gabi, el p. Alejandro, Gabriel (que fue el que más sufrió) y muchos otros. Fueron atendidos con delicadeza y empeño por sus hermanos misioneros. Alguien recién llegado expresó que ese fin de semana descubrió que el Vicariato es una familia, y sí, me siento muy orgulloso de eso. Hacemos lo que podemos, con lo que tenemos y los que somos, como un hospital de campaña, sin escatimar esfuerzos y entusiasmo, dándolo todo.
Cuando la plaga empezaba a remitir, afloraron las primeras bromas: “justo cuando el Papa se va de alta a casa, nosotros nos ponemos todos malos”; o bien “vamos a quitar el ají de gallina del menú de Punchana por el momento”, etc. Esta imagen es de la mancha antes de partir, las caras más alegres, algún kilo de menos y la satisfacción de estar juntos y más unidos como Vicariato San José del Amazonas.