Necesitamos buenas noticias

Necesitamos buenas noticias
Necesitamos buenas noticias

«Nunca las noticias son malas para los elegidos de Dios» (Jean Paul Sartre).

No suelen abundar las buenas noticias a nuestro alrededor. Todos escuchamos cada día sucesos dolorosos, tristes, desgarradores. Los medios de comunicación se enfrentan para captar audiencia, anunciando y transmitiendo las noticias más dramáticas, violentas, desmotivadoras.

Nos podríamos preguntar: ¿es que no existen noticias positivas, buenas, solidarias, que nos inviten a humanizarnos y a sentirnos más cercanos a los demás, trabajando por un mundo mejor? Evidentemente que las hoy, muchas, pero tienen predominio en la parrilla de las televisiones y de las radios las noticias más luctuosas y deplorables porque, por desgracia, es lo que da audiencia y dinero.

Evangelio, euagelion en griego, «significa buena noticia, mensaje feliz». Jesús, cuando empezó su misión, «se fue a Galilea a predicar la buena noticia de Dios. Decía: “Se ha cumplido el tiempo. El Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el evangelio”». Cuando los discípulos de Juan van a preguntarle si es el Mesías esperado por el pueblo de Israel, Jesús les responde: «Id a decir a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres».

La buena noticia, por lo tanto, es un mensaje feliz, de esperanza, en especial para quienes han sido privados de ilusión, de confianza, de ánimo. Pero que no se queda en la mera palabra, sino que baja a los lugares donde se enseñorea la desesperanza. Y, desde esa realidad, junto a los humildes y excluidos, la creatividad, la solidaridad, la conjunción de esfuerzos y la confianza empiezan a obrar milagros.

Hoy, que los ciegos vean, puede interpretarse como destapar la verdad ante tanta mentira como nos cuentan. Que los cojos anden, quizá se podría entender como liberarse de ataduras, muletas, que no nos dejan andar libres (consumismo, miedos…). Que los leprosos queden limpios, puede significar que las personas marginadas (emigrantes, personas con SIDA, homosexuales…) puedan ser aceptadas plenamente en la sociedad, sin censuras ni reproches. Que los muertos resuciten, puede asimilarse a apoyar a colectivos marginales (gente sin hogar, en pobreza extrema, gitanos, ancianos, desahuciados, parados…) ofreciendo oportunidades concretas, para salir de su situación de exclusión y olvido social.

Todas estas buenas noticias, y otras muchas más que se viven a nuestro alrededor, son mensajes entusiasmantes. No hace falta hablar de Dios a las personas a las que se las ayuda, porque el amor de Dios, el Espíritu de la vida, la Palabra de todo consuelo, están presentes en cada una de estas palabras, de estas acciones, de las sonrisas y los abrazos que abren nuevas expectativas ante la existencia, tantas veces cruel e inhumana. 

Los hombres y mujeres que anuncian con sus vidas estas buenas noticias construyen sobre la roca firme de la amistad, del cariño, de la compasión y de la solidaridad. Aquí radica la esencia de la fraternidad universal y la regla fundamental para la convivencia: «Todo lo queráis que hagan por vosotros, hacedlo también vosotros por ellos». Ahí se encuentra también la voluntad de Dios: buscar sencilla, humana y esforzadamente la felicidad y la plenitud de los demás. Que es la mejor noticia, el mensaje más feliz que se pueda esperar.         

«Felices quienes se esfuerzan por anunciar con sus palabras y, sobre todo con su vida, la buena noticia de la liberación, la paz y la solidaridad».

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