Lo que importa- 52 ¿Cristianismo telemático?
Lo presencial y lo virtual




Sin necesidad de enhebrar más indicios, seguro que el puñadito de lectores que siguen este blog ya han adivinado su propósito de reconocer la fuerza y la trascendencia de lo que, siendo virtual, hemos dado en llamar espiritual. Tal sucede, lo reitero, cuando en las misas para los enfermos, retransmitidas a través de la radio o de la televisión, se los invita a “hacer una comunión espiritual” al no estar físicamente presentes en la asamblea litúrgica para comulgar. Más aún, pues el periclitado sistema administrativo de la religión cristiana a través del ministerio clerical está llevando a muchas comunidades a la “celebración de la palabra”, una especie de sucedáneo de la misa o eucaristía virtual, que no requiere la presencia de un sacerdote, pero que, en la perspectiva en que nos situamos, más parece “un querer y no poder” al concluir, por general, con la comunión real del pan de vida consagrado en otra misa anterior· Obrando así, caemos de lleno en la monumental incongruencia de contentarnos algo así como con una cena rápida y fría frente al calor que desprende de suyo la auténtica Cena del Señor. Subrayemos de paso que ambas celebraciones, la de la palabra y la de la misa, distan mucho de ser la oración comunitaria de acción de gracias que es de suyo la eucaristía.

De todos modos, dejemos claro que el cristianismo no consiste esencialmente en ninguna de ambas celebraciones, pues ninguna de ellas agota un contenido que debe impregnar todos y cada uno de los actos vitales del creyente. Me refiero a la forma de vida cristiana de los fieles seguidores de Jesús. Dicho de otro modo: no se trata de celebrar la eucaristía de una u otra forma (misa o palabra) ni de comulgar real o espiritualmente, sino de “ser eucaristía”, pan formado por muchos granos de trigo que se parte y se comparte en el hecho mismo de vivir (amor y bienaventuranzas), y de ser claro eco, en última instancia, de una palabra divina que resuena en todos y cada uno de los rostros humanos. El auténtico tensiómetro para medir la pulsión cristiana de la vida de un creyente es el mismo Jesús, el acople de la vida del primero al mensaje del segundo. Eso, lógicamente, no depende de los parámetros étnicos ni culturales del supuesto creyente, sino de cómo se comporte en la vida, de que sea capaz de partir y compartir su propia vida con los hermanos, tal como hizo el mismo Jesús.

Normalmente, cuando hablamos de “Iglesia católica”, el pensamiento nos arrastra a la contemplación de un soberbio tejido social cuyas hebras son el Vaticano, el Papa y su cohorte; los obispos y sus colaboradores diocesanos; los curas y el servicio ministerial sacramental que prestan en sus parroquias, y las comunidades de religiosos que ejercen ministerios conforme a distintos carismas. Valoramos entonces el cristianismo en función de cómo se comporten todos ellos, desde el Papa al más modesto de los curas de aldea. Por muy importante que sea esa estructura y por mucha que sea la trascendencia del comportamiento de toda la clerecía, es realmente un desenfoque mayúsculo identificar la Iglesia cristiana con su clerecía. Por mucho status que le añadamos y por mucho que revistamos de sacralidad y de ornamentos tantos y tan variopintos cargos eclesiales, la realidad es que todos los clérigos, desde el Papa para abajo, no son de por sí más que cooperadores o funcionarios de un mensaje salvador, que debe calar más hondo y llegar mucho más lejos que lo que les concierne a ellos mismos.

Con lo de hondo y lejos me refiero a que la auténtica Iglesia cristiana, la comunidad fraternal de los creyentes en Jesús, es algo vivo que sustenta y ahorma la vida de todos los cristianos. Todo lo que constituye la institucionalidad eclesial es mero instrumento al servicio de dicha vitalidad. De entenderse bien, hasta podríamos afirmar que incluso todos los sacramentos son instrumentos “virtuales”, pues sus componentes sensibles connotan una realidad distinta de lo que son por sí mismos, la de la gracia que producen. La teología y la espiritualidad se han esforzado por trazar un camino de fe paralelo al de la vida humana misma, siguiendo el curso de la administración de los sacramentos: el bautismo virtualiza el nacimiento, la eucaristía avitualla el trayecto y el viático embalsama el tránsito. Desde luego, esa es una forma ingeniosa de encarar la vida humana de principio a fin, que es lo que importa, válida a condición de que no se adueñe de la patente de la “salvación”, pues no hay más vida a salvo que la de quien, viviendo, se atiene a las consignas o consejos evangélicos predicados por Jesús.

Digamos, resumidamente, que, por muy importantes que sean los templos, las catedrales y las basílicas como lugares de oración, y todos y cada uno de los ministerios como instrumentos para transmitir la fe cristiana, lo importante es realmente la fe cristiana en sí misma, como enfoque y fuerza de una forma de vida que se desarrolla siguiendo los pasos de Jesús. Lo definitivo es seguir esos pasos, se tenga o no carnet de cristiano, se acuda o no a un templo, se profese o no un credo, se atenga uno o no a una determinada ideología social o política. En este contexto, no veo razón alguna para no tener en cuenta y aprovechar el fabuloso medio de todo lo “virtual” también en el ámbito de nuestra fe cristiana. De hecho, así se viene haciendo al retransmitir por televisión o radio misas que deben ser valoradas como eficaces no en función de la presencia corpórea o virtual del participante, sino y solo en función de que, cualquiera que sea la forma de estar en ellas, el asistente se transforme realmente en eucaristía partiendo y compartiendo su propia vida. Volviendo al principio, digamos gozosamente que el papa Francisco está siendo eucaristía en su sufrimiento corporal y en su sostenida labor pastoral.