Desayuna conmigo (viernes, 6.3.20) Longevidad

El placer de leer

Bayer
Cuando todo el mundo está acongojado por un corrosivo coronavirus que arruina más que diezma a las familias, la mañana nos sirve en la mesa de desayuno otros temas referidos a la salud, seguro que no de tanta actualidad e impacto emocional, pero de mayor trascendencia al atraer nuestra atención sobre la humilde aspirina, tan milagrosa, a la que tantas veces acudimos en busca de remedio para nuestros malestares. ¡Qué gran ingrediente para paliar o amortiguar los latigazos de la vida, ahora que, a la sombra de la eutanasia, se habla tanto de atemperar el pescozón de la muerte al llegar a edades en las que la vida se diluye lentamente! ¿Cuánto habrá contribuido la aspirina a esa soberbia conquista del tiempo?

Aspirina

Tras haber sintetizado el doctor Felix Hoffmann el ácido acetilsalicílico en 1897, nuestra maravillosa aspirina comenzó a comercializarse un día como hoy de 1899, ayer mismo. Este medicamento, tan familiar y al alcance de la mano, es seguramente el más sencillo de todos y, sin embargo, ha demostrado ser muy eficaz, además de contra los dolores de cabeza, contra el cáncer, las dolencias cardíacas, la apoplejía, la infertilidad, la hipertensión y otras muchas enfermedades. Es, sin duda, uno de los fármacos más consumidos en todo el mundo. ¡Ojalá que también ella pudiera ganarle la partida al temido coronavirus, ese flagelo actual de toda la humanidad!

Contra el sufrimiento

Solo por destacar una de sus virtualidades, referida al corazón, los especialistas describen así su eficacia: la aspirina no sirve solamente para aliviarnos los dolores. Utilizándola bajo recomendación médica y en dosis bajas puede ofrecernos beneficios maravillosos. Más del 50% de las muertes y las incapacidades provocadas por ataques de corazón pueden ser evitadas si se incluye en dosis bajas dentro de las medidas preventivas. También está demostrado que reduce el riesgo de tener un primer ataque al corazón en un 32%, además de hacer descender en un 15% el riesgo combinado de sufrir ataques al corazón, paro cardíaco y muerte vascular. Además, siempre en dosis bajas, puede disminuir en un 23% el riesgo de muerte durante un ataque cardíaco. Por todo esto, puede ayudar a salvar más de 80.000 muertes por año si es utilizada correctamente bajo recomendación médica.

Si la salud siempre ha sido uno de los valores punteros de la vida humana, hoy, cuando vivir no resulta tan penoso como en el pasado, disfrutar de una buena salud está considerado como una de las más grandes fortunas que puede caernos en suerte. El 22 de diciembre, su invocación ("¡que haya salud!") se convierte, incluso, en el consuelo más eficaz contra la desgracia de ver pasar lejos la fortuna de la lotería de Navidad, llevándose consigo los miles de negocios especulativos montados con la financiación del gordo, mientras los afortunados brincan y bailan y descorchan espumosos.

Cien años de soledad

El día nos trae otro buen nutriente para nuestra salud intelectual, pues un día como hoy, hace 93 años, nacía Gabriel García Márquez (“Gabo”), que fue Premio Nobel en 1982 y que falleció hace ya casi seis años. Su recuerdo es una invitación en serio a disfrutar de la lectura de sus obras magistrales. Él mismo lo expresa con gran fuerza narrativa cuando dice que el mundo habrá acabado de joderse el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga.

Dejando a un lado las complejidades de su peculiar personalidad política, bástenos hoy recordar un dato sobre su obra más conocida: La notoriedad mundial de García Márquez comenzó cuando Cien años de soledad se publicó en junio de 1967 y en una semana vendió 8000 ejemplares. De allí en adelante, el éxito fue asegurado y la novela vendió una nueva edición cada semana y llegó al medio millón de ejemplares en tres años. Fue traducido a más de veinticinco idiomas y ganó seis premios internacionales. Desde luego, Gabo nos ha hecho pasar buenos ratos con la lectura de sus obras y todavía puede seguir haciéndolo.

Gabo

Tengo la impresión de que los ingredientes de nuestro desayuno de hoy, aparentemente tan distantes y dispares, nos sirven esta mañana para despejar la cabeza de tanta sobrecarga y para avivar el espíritu con buena literatura. Gracias, doctor Hoffmann por la humilde aspirina que tanto nos ayuda a vivir; gracias, Gabo, por ilusionarnos tan magistralmente mientras vivimos.

¡Qué bonitas obras son, en perspectiva cristiana, las de curar a los enfermos y de enseñar a los que no saben! Seguro que hemos leído esas maravillas en alguna parte.

Correo electrónico: ramonhernandezmartin@gmail.com

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