Imposible explicarlo porque consuela.
| Pablo Heras Alonso.
Terminábamos ayer preguntándonos cómo es posible que tengan cabida en la mente conceptos y actitudes que tan frontalmente chocan, no ya con sesudos argumentos racionales y científicos, sino con el funcionamiento normal del hombre que piensa y razona.
¿Cuál es el motivo que induce a que esas personas a primera vista “normales”, acepten intelectual, sentimental y emocionalmente esos principios que a primera vista contradicen el buen discurrir de la persona? ¿Por qué se aceptan sin más, sin discusión, sin rechazo?
Una primera respuesta podría hablar del consuelo que la religión produce en quien es fiel a sus preceptos. No sólo porque los ritos que el creyente practica le procuran un cierto bienestar y sosiego –he hecho algo salido de mí, he ejercitado mi pensamiento, he reafirmado mi voluntad, me he animado a mí mismo—, sino porque creer en un “pastor benevolente”, confiar en un Padre amoroso, saber que existe un plan universal para el mundo y para cada individuo, tener asegurada una vida después de ésta, proporcionan a quien en eso cree un sentimiento saludable de tranquilidad y confianza.
No nos parece que el “consuelo” pueda aportar explicación de fondo al planteamiento inicial: no responde a la pregunta esencial de “por qué” la mente humana ha evolucionado encontrando consuelo en creencias que, vistas con los ojos de la razón, son flagrante y racionalmente falsas. Hemos dicho evolucionado, cuando se podría hablar de regresión o estancamiento.
No es explicación, tampoco, afirmar que son ideas-fuerza adquiridas en la niñez y reforzadas posteriormente en etapas evolutivas sucesivas, como si fuese normal que el sentimiento mágico del niño evolucionase de modo natural a la vitalidad del joven y a la seguridad del adulto. Piénsese en la vivencia que siente el niño de los cuentos infantiles: se podría decir lo mismo. Lo natural es que en determinada etapa evolutiva, el paso de la niñez a la adolescencia, el niño deja atrás lo que de niño aceptaba, con lo que se emocionaba, etc. De igual modo, cualquiera que recapacitara en lo que cree daría al traste “racionalmente” con el contenido de esta o esotra creencia.
Debe haber algo más. Es una afirmación que busca trascender el presente que a muchos les parece banal y rastrero, añadiendo concomitancias paralelas: ante la angustia que proporciona el diario vivir, el creyente confía en alguien que le socorre, se imagina y vive imaginariamente que hay seres que le ayudan. Trasladado al mundo normal, lo mismo podría sentir y pensar un desahuciado pensando que “lo suyo”, un cáncer terminal de pulmón, es un resfriado mal curado; o el que, enfrentado a un atracador, ve en él al bedel de su Instituto; o, por lo mismo, el que está muriendo por congelación hallaría consuelo pensando que la nieve que lo rodea es un cálido abrigo. El creer provoca engaños consoladores.
¿Por qué, pues, esa persistencia de las creencias a lo largo de los siglos? ¿Por qué la aceptación --apasionada en algunos casos-- de tantos presupuestos, reglas de vida, normas, ideas y pensamientos que no admiten discusión?
Añadamos algo más, que todavía provoca más confusión: la respetabilidad de las creencias. En el proceso normal evolutivo, también las religiones han gozado del mismo. Hay religiones que han llegado a tal grado de sofisticación dogmática que hoy aparecen con un plus de excelencia que no tienen las creencias primitivas ni creencias que se mueven dentro del mundo de la magia, de la adivinación chabacana, de la sanación grosera o de la manipulación de la mente por técnicas perversas. Aquéllas tienen un añadido de aceptabilidad que no lo tienen estas últimas. Pues no es así. Parece como si la mente humana fuera una esponja más predispuesta a empaparse de lo ignaro y arcano que de lo patente y bien presentado.
Un ejemplo: el sacramento de la confesión, llamado hoy “del perdón”, si se considera asépticamente no podría diferenciarse de cualquier consulta al psicólogo o al psiquiatra. Sin embargo hay una diferencia sustancial, cual es la “teología del perdón”. El que se confiesa, dicen, participa de la pasión de Cristo; recibe un plus de gracia santificante; queda limpio de pecado y de culpa; puede ascender al cielo en caso de muerte.
Tampoco esa respetabilidad explica la aceptación de lo religioso. Es más, a veces cuanto más irracional se manifiesta la creencia, más inclinado está el individuo a aceptarla. Hay quien encuentra profundidades insospechadas en ritos que presuponen maravillosos cataclismos, como la limpieza de un pecado de la humanidad, original, vertiendo agua en la cabeza del niño. Piénsese lo mismo de la esencia de todos los sacramentos, sin pararse en la parafernalia con que se recubren.
Y un elemento que coadyuva en tal respetabilidad es la ayuda material y las concomitancias mistéricas. Tanto el Islam como el Catolicismo como otras religiones desarrollan actividades humanas que podrían inducir a incorporarse a ellas: comedores, ayudas a los pobres, enseñanza, obras benéficas, hospitales, escuelas... Cierto que tampoco eso es “religión”, pero bien lo aducen sus próceres cuando de financiación hablan. No suelen ser ésos los motivos que arrastran a creer. Respecto a lo segundo, un ejemplo nimio de lo que decimos. El Concilio Vaticano II cambió la lengua de sus ritos del incomprensible latín a las lenguas locales: muchos fieles prefieren el latín por ese halo de misterio que rodea lo que no se comprende.
De nuevo tenemos que dejar en el aire una explicación real de por qué la mente, que es lo que es y está conformada y configurada para funcionar de determinada manera y que no traga al vendedor que le ofrece la luna, sin embargo acepta los postulados de las distintas religiones y, lo que es más paradójico, de las creencias más groseras.