Prospectiva sobre la religión católica en España.

Se reía de mí Don Fidel Herráez, obispo auxiliar de Madrid y arzobispo emérito de Burgos, cuando le hablaba del imparable retroceso de la religión católica española, que terminaría con su desaparición.  “Sí, sí, lleváis diciendo lo mismo desde hace muchos lustros, pero la Religión Católica está viva después de dos mil años de vigencia”. Mi respuesta: “Después de miles de años de presencia viva, ¿quién le reza hoy a Osiris, a Mitra, a Zeus o a Horus? Otro tanto le sucederá al catolicismo”

No podemos negar que la religión católica ha tenido un impacto profundo en la historia de España. Ella ha generado una cultura, ha propiciado una política a su favor y ha originado en el seno social determinadas tradiciones. Pero tampoco se puede negar que en la España de nuestros días y desde hace ya más de medio siglo, su relevancia está en declive. Cada vez sus directrices están más cuestionadas, la sociedad es ya una sociedad secular y las críticas hacia ella y sus instituciones son más numerosas, más frecuentes y más ensordecedoras.

Cierto, son mayoría los que se declaran católicos, por no sentirse excluidos del  entorno social católico, es decir, por inercia cultural más que por creencias firmes: decirse legatarios de otras religiones o simplemente agnósticos o ateos, a muchos les puede resultar hasta hiriente. Otra cosa es la adscripción práctica a la Iglesia, porque ser católico practicante exige someterse a determinadas condiciones, la primera, acudir a los ritos que ella prescribe y cumplir los llamados mandamientos de la Iglesia.

Transcribo los últimos resultados proporcionados por el CIS en enero de 2025, oscilando según provincias y según entorno (rural o urbano): el 19,5% de los españoles se declaran católicos practicantes (no tengo más datos sobre la regularidad de tal práctica, supongo que dominical, ni sobre determinados sacramentos como la confesión). También dice el CIS que,  de esos auto definidos como católicos, el 37,1%  no son practicantes, excluyendo los que ocasionalmente acuden a la iglesia por bodas, funerales y otros eventos sociales. Por otra parte, el porcentaje de ateos y agnósticos asciende al 27, 7%.  

El porcentaje citado arriba respecto a práctica religiosa baja sustancialmente entre los jóvenes menores de 25 años: el 8,4%. Consideran a la Iglesia como anacrónica o desconectada de los valores contemporáneos.

Reconozcamos, sin embargo, que a pesar de tal defección habitual, la Iglesia Católica sigue ostentando un poder en la vida pública española podríamos considerar que desproporcionado, las más de las veces amparado, permitido, alentado e incluso financiado por las autoridades del Estado. Pensemos en los “festejos” de Semana Santa o en las festividades de pueblos y ciudades.

Dirán que no se pueden suprimir tales actos, lo cual atentaría contra la libertad de expresión, etc. Por supuesto, pero la verdadera separación entre Iglesia y Estado llevaría consigo que tales ritos se celebraran en el ámbito reducido de templos y catedrales o en espacios de los que la Iglesia es propietaria.

Y si de financiación pública hablamos, hemos de recordar que la Iglesia gestiona bastantes instituciones educativas y sanitarias financiadas muchas de ellas con fondos públicos, algo que, si bien la gran mayoría lo acepta porque “funcionan muy bien”, no por ello deja de chocar con la supuesta equidad o neutralidad ideológica de tales servicios.

Sigue habiendo debate sobre las relaciones entre Iglesia y Estado, más que nada porque se puede deducir lo que se quiera de la Constitución de 1978, independientemente de que España no sea ya un estado confesional. Sigue habiendo una cooperación “privilegiada” con la Iglesia Católica.

¿Futuro de la Religión Católica? Aunque todavía su influencia cultural y social sea grande, realmente su futuro resulta incierto. No es tanto por el antagonismo social, pues el sector político que a ella se enfrenta no es relevante, cuanto por su propia crisis interna: los jóvenes no se sienten atraídos hacia el sacerdocio, imbuidos como están por un espíritu laico y críticos con los privilegios históricos de la Iglesia. De ahí que, en consecuencia, el descenso de vocaciones resulte para ella alarmante.

Añádase la edad media del estamento clerical –datos de 2018—, que es de 65 años, bien que esto depende mucho de la diócesis que se considere (en Almería, la edad media es de 47 años); la secularización de frailes y monjas desde los años 70 ha sido más bien una desbandada: en 1970, según la C.E.E. había 97.383 religiosos y en 2023, 33.524. Entre 2013 y 2023 cerraron 162 monasterios. 

Sin una burocracia suficiente que gestione su patrimonio, sin párrocos o sacerdotes que instruyan a los fieles en las verdades de la fe, sin un clero que se sienta con fuerzas para enfrentarse a los retos de la sociedad actual, sin una convicción firme de que lo que creen y enseñan es “la verdad”… poco se puede esperar de esta Iglesia aletargada que adormece.  

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