Dos actitudes ante las creencias fundamentalistas.

Está visto que la ironía, la parodia y en general el humor referido a las creencias, no sientan nada bien a los dogmáticos. A unos más y a otros menos, dependiendo del lugar donde uno suscite las iras. En mi caso, no se me ocurriría ser mordaz en Irán, en Arabia o, incluso, cerca  de Charlie Hebdo. En este blog lo puedo ser y de hecho lo he sido.

Lo he probado con diferentes temas: el ombligo de Dios, el Dios colérico del A.T., la sanación por la fe, etc. A la vista de los comentarios de tiempos pasados, que siento no poder recibir en la actualidad, no sentaba bien la ironía ni la chacota. En el grado máximo y entre los islamistas, cualquier reflexión sobre Mahoma.

¿A qué lleva este exordio? Conduce a la reflexión de que, si estuvieran más seguros de aquello que creen, se reirían de sus detractores. Sólo aquel que tiene los cimientos de arena teme el más mínimo goteo que caiga de su propio tejado.

Es cierto que sí, que tienen sentido del humor… pero contra quienes no piensan como ellos. Sólo hacen bromas, y entre sí las ríen, contra los increyentes, ateos y similares pervertidos a los que ponen en la picota crucificándolos, ya que piensan que así defienden a su crucificado. Pero no les hace reflexionar el humor contrario.

No van por lo tanto hoy las cosas de jerigonzas ni befas. Nos vamos a volver más serios y hasta mordaces que de costumbre para decir, repetir y pregonar a voz en grito que todo cuanto creen, defienden y propalan es un cuento y que no debieran exhibir esos espantajos en el gran teatro de nuestros siglos.

Y aunque se alcen corazas y empalizadas de credulidad, preciso será atacar una y otra vez esos baluartes dogmáticos donde los mayores absurdos que ha parido la imaginación humana viven enquistados, todo para librarse de sus propios miedos, angustias y frustraciones.

Podríamos hablar de una labor social profiláctica, como si pretendiéramos alzar muros donde no penetre creencia alguna. No. El ánimo es otro, es afán pedagógico, por si alguien puede caer en la cuenta de que sustenta irracionalidades. Y como corolario de esa pedagogía, llegar a desprenderse de tales monsergas sin que por ello sufra su psiquismo lo más mínimo; más aún, de que recobrado para la vida normal, se  enriquece con otros veneros más productivos para su personalidad.

Comenzando por el primero de los credos de  “El Libro”, pensemos en esa absurda pretensión de que Dios ha elegido un pueblo para sí, con dogmas y creencias sobre dicho “pueblo elegido”. Un pueblo que tiene su propio Testamento redactado en la notaría de los cielos. Pensar en ese pueblo de Dios,  obliga a considerar las otras dos religiones monoteístas que acaparan la credulidad mundial. Las tres no en vano son herederas de una tradición escrita y surgida de un supuesto éxodo, Moisés, o de un pacto con un pastor, Abraham.

Los credos introducidos por aquellos vagabundos casi siempre asesinos, han impregnado las creencias de millones de personas y han llegado hasta nosotros con ese tinte irracional impropio de culturas desarrolladas que en nuestro tiempo están logrando  salir de la noche de la ignorancia y la miseria.

Todo está teñido de irracionalismo y fanatismo, típico de fundamentalistas que no han sabido evolucionar.  “Vana es nuestra fe si no nos mostramos fundamentalistas”, parece ser su lema. Para saber bien a qué nos referimos al hablar de “fundamentalismo” bastaría con mirar a nuestro alrededor cercano, el surgente “estado islámico”, aunque también se dé en el cristianismo, especialmente en sectas protestantes.

Propugnan y defienden nada más y nada menos que la interpretación literal de sus textos sagrados --textos fundacionales, textos que son el fundamento— frente a cualquier interpretación o estudio contextual (crítica literaria, arqueología, análisis histórico, análisis comparativo, etc.). Consecuentes con tal defensa, aplican esas doctrinas a la vida.

La práctica diaria ha de estar imbuida por el credo que les sustenta. El “Libro” es la autoridad máxima (los musulmanes en su vida civil y política, los cristianos en su diario acontecer). Frente a él, frente al Libro, no existe ninguna autoridad. Es lo que decía Pablo de Tarso, defendiendo la autoridad de Dios frente a la de los hombres; es la secular disputa entre papas y emperadores; es la pretensión de siempre de que la vida se rija por los postulados evangélicos. Como es lógico, ninguna autoridad democrática puede ceder ante tales pretensiones.

También entre los católicos. Para descanso y seguridad de los más acendrados creyentes católicos, ahí tienen esas órdenes, congregaciones o sectas surgidas en el seno de la Iglesia de nuestros días que pretenden resucitar, o sea, volver a los orígenes (los orígenes es un decir, porque se quedan a medio camino, en Trento sin llegar a Corinto).

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