La exégesis va más allá de la homilía.

Hablamos de las tres religiones llamadas “del libro”, religiones que parten de un padre común, Abraham. Cada una con su propio vademécum, sea el Talmud, el Nuevo Testamento (y Antiguo cuando se tercia) y El Corán. Esa su creencia en tales libros “al pie de la letra” como inspirados por Dios, es propio y típico de fundamentalistas. Deliran, sufren alucinaciones y trastornos megalomaníacos al pretender que todos se sumen a su extravío mental.

Hablan de exégesis bíblica como buscando el fundamento del espejismo que sufren. Ni siquiera huelen el rigor de una verdadera exégesis de la Biblia. Sus supuestas exégesis, tan variadas como sus deseos, son puras interpretaciones “de parte” que sólo les sirven a ellos, acomodadas a un pensamiento predeterminado. Son homilías dominicales carentes de profundidad. Una exégesis inteligente lo único que demuestra y confirma es la falsedad de sus credos. O al menos poner en su sitio leyendas y mitos.

Fundan su pretendida ciencia exegética en referentes reales en los que ensartan dichos mitos. Pasar por unas tierras conocidas, conquistar una ciudades establecidas, extender la vista por valles y collados, recordar tradiciones referidas a hechos reales, generalmente guerras… parece que les da derecho a crear dioses que les prometen todo lo que ven.

Nadie niega la existencia de Ur de Caldea, Ugarit, Tell-el-Amarna... ahí están sus ruinas excavadas. Pero la interpretación “a lo divino” de determinadas migraciones desde Ur, pasando por Canán y el Neguev a Egipto y viceversa, guiados por su dios, es pura fabulación: no hay ningún Dios-Yahvé-Elohim prometiendo tierras, riquezas y descendencia.

Es preciso alzar la voz en contra de esas revelaciones exclusivistas y presuntuosas a un determinado grupo humano por parte de un dios creado a su medida. Lo primero que uno podría pensar es que tal exclusivismo es un atentado contra la dignidad de otras sociedades o tribus a las que no otorgaron tal privilegio.

Se arrogan una certidumbre que no es capaz de preguntarse por qué se expulsa del ámbito de Dios a los demás. Y, por otra parte, ¿de qué ralea es esa osadía de decir y pregonar a diario y a lo largo y ancho del mundo que la Biblia es “palabra de Dios”? Falso y mil veces falso. En vez de la respuesta ovejuna “te alabamos Señor”  deberían decir a tales embaucadores petulantes: “estudie un poco, señor”. 

Pero demos de lado la irritación que tales pretensiones provocan y ciñámonos a otro aspecto concreto. Tanto los estudiosos de la Historia de Israel como cualquiera que se acerque a ella se preguntan el porqué del sempiterno “problema judío”. Una de las explicaciones posibles deriva de ese exclusivismo y ese aislamiento beligerante de considerarse y erigirse en “pueblo escogido por Dios”.

Este mayúsculo rasgo de soberbia es una bofetada hacia el resto de los pueblos. Es más, ese carácter de ser los mimados de un dios privativo parece que lo llevan impreso los judíos en sus genes. Y durante siglos fue pensamiento heredado por el cristianismo, con el lema presuntuoso de “extra Ecclesiam nulla salus”, fuera de la Iglesia no hay salvación.

La furia desatada en su contra --las razias, las persecuciones, los pogromos, las expulsiones, la rapiña de tiempos modernos--  es reprobable bajo cualquier punto de vista. Pero sucede que el cristianismo no hizo otra cosa contra tal calificación que echar leña a un fuego secular que ya existía desde los inicios del cristianismo. Por su parte y en buena lógica el pueblo judío debería preguntarse el porqué.

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