La religión construye lo que el hombre necesita.

La Psicología trata, disecciona y analiza las pulsiones humanas con el fin de procurar curación o consuelo al individuo “recalentado”. Una de las pulsiones que impelen a obrar al hombre es el deseo de éxito (asociado al cuadro más general de “búsqueda de la felicidad”).

Como es lógico, la religión, que sigue los pasos del hombre para arrebatarle su energía y proporcionarle otra pretendidamente superior, también incide en este aspecto del psiquismo y es objeto de la Psicología.

Ruth Benedict (1887-1946), antropóloga estadounidense sobradamente conocida, ha estudiado con interés y en profundidad este aspecto. Como consideración general, la religión es una manifestación más de la cultura, no es una verdad universal. Desde su perspectiva relativista, sostenía que las creencias religiosas, los rituales y las prácticas sagradas eran construcciones culturales que variaban según la sociedad.

En su obra más conocida, Patterns of Culture (1934), Benedict argumentó que cada cultura desarrolla su propia visión del mundo, y la religión es simplemente una expresión de esas visiones particulares, una parte de los valores y normas que una sociedad adopta para dar sentido a la vida y mantener el orden social.

Aparte de esas consideraciones más generales sobre la religión, para ella hay una utilización espuria común de la práctica religiosa y es su utilización como “técnica” para alcanzar éxito.

Las implicaciones de esta afirmación van desde las formas más groseras y a ras de suelo -–el enchufe de siempre-— hasta el análisis más sofisticado. Este deseo de éxito individual incluso puede presuponer el quebranto de las mismas leyes físicas.

Ambrose.Bierce (1842-1914), escritor polifacético, con estilo satírico y hasta sarcástico definió la religión como Hija de la Esperanza y el Miedo, que explica a la Ignorancia la naturaleza de lo Incognoscible (Diccionario del Diablo). Y que rezar es “pedir que las leyes del Universo sean anuladas en nombre de un único rogante que se ha confesado indigno de ellos”

Adviértase la enorme contradicción que subyace en tal hecho. Cuando hay mucho en juego y las técnicas habituales para conseguir el éxito se han agotado –medicinas, terapias, estrategias, tiempo--, se recurre a la religión como medida desesperada.

Las contradicciones respecto a la conducta normal del hombre en que incurre el comportamiento religioso, si honradamente se consideran, producen verdadero estupor mental:

  • la mente se da cuenta de cómo funciona la naturaleza pero crea entonces unos espíritus poderosos y los soborna con dádivas o sacrificios;
  • la razón se ha fabricado a sí misma un sistema de “módulos”, unas categorías, unas estructuras que le sirven para entender el mundo, esquemas que rompe cuando esas mismas leyes no le son favorables.
  • propugnan un Dios perfectamente reconocible e inteligible, que es lo que es y que conoce las intenciones del hombre, pero contradictorio: tiene que escuchar las oraciones; conoce el futuro y sin embargo se preocupa por la elección libre del hombre. 

¿A qué se debe esto? A una finalidad egoísta. Lo que revelan estas contradicciones es que el hombre, sabiendo que el mundo se rige por las leyes habituales, crea espíritus o fantasmas poderosos, fascinantes o aterradores precisamente porque infringen esos presupuestos con los que él funciona. Y los pone a su servicio.

A esos espíritus los exime de leyes biológicas: ni nacen ni envejecen ni mueren; de las leyes físicas: son espíritus, no son visibles, no tienen solidez;  y de las psicológicas: se intuyen sus pensamientos y deseos, ésos que sólo por el comportamiento son visibles.  

¿Pero los necesita? Por supuesto, ya que eso le produce una ilusión, le da una esperanza, le proporciona una válvula de escape que no consigue por otros medios.

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