Cuando verdades esenciales se sustentan en teorías: transustanciación.

Hay una “verdad” que hace al catolicismo distinto al resto de las religiones, la transustanciación, una “metabolé” ritualizada en palabras, por la que se llega a afirmaciones idénticas a otras muchas religiones: el hombre come a Dios y accede a la condición divina.
Esta “verdad indiscutible” subyace y es previa a consideraciones posteriores aceptables y dignas. La religión católica, como otras muchas, en sus manifestaciones cotidianas, tiene mucho de positivo: ayuda a los necesitados y erige centros de atención a los mismos, crea conciencia solidaria, genera buenos sentimientos, incita a la honradez, predica la paz y la concordia... Nada se puede reprochar a estos discursos. Y, como la astucia inteligente de la religión bien lo sabe, cuando le vienen mal dadas se mueve en este estrato superficial para hacerse perdonar atentados contra la inteligencia.
Bien es cierto que tales enseñanzas no son privativas de la religión: los sentimientos, valores y actitudes que trata de infundir la religión, también los puede generar una buena educación; todas las familias inculcan a sus hijos valores positivos; en la escuela, otro tanto de lo mismo; gobernantes honrados y buenos, pocos a decir verdad, predican con el ejemplo; la sociedad siempre reprueba las malas conductas...
Lógicamente no venimos aquí a discutir sobre lo que estamos de acuerdo. De lo que se trata, ahora y siempre, es de si esa "sociedad de buenas intenciones" en que parece haberse convertido ahora la religión, responde a principios saludables o salvables, si se funda en realidades, si los fundamentos teóricos en que se basa su doctrina tienen sustento racional, si su "filosofía" tiene entidad alguna.
Aristóteles ha pasado por ser el filósofo más grande de la historia, junto a su mentor Platón. A ello ha contribuido sobremanera el cristianismo: le convenía a la doctrina de la Iglesia. Dado que el pensamiento occidental ha sido conformado por las imposiciones cristianas, Aristóteles y Platón han sido lo que han sido, los reyes del mambo filosófico. Eso de materia-forma, potencia-acto, sustancia-accidentes, alma-cuerpo... venía como anillo al dedo para confirmar teorías sustentadoras de tonterías. Por el mismo sistema dual de "vidas paralelas", Plutarco hablaría de teorías-tonterías.
En su tiempo la escuela de Aristóteles y allegadas no pasaron de ser una corriente más, una escuela filosófica más, frente a otras de similar consistencia. Demócrito, Leucipo, los atomistas, Epicuro en otro orden, Lucrecio entre los continuadores... fueron otra fuente de pensamiento barrida por la creencia cristiana, aunque ya en su tiempo fueron acusados de impiedad filósofos como Anaxágoras (c.500-428), Protágoras (485-411), Sócrates (470-399I) y otros. Trasilio (s. I. d.C.) relaciona 52 tratados de Demócrito, contemporáneo de Sócrates y Platón. No es normal que apenas si queden frases sueltas del mismo, cuando de Aristóteles quedan tratados enteros.
Traemos a colación estas filosofías precisamente por lo que tienen que ver con una verdad dogmática esencial del cristianismo, la Nº 39, como formulación de fe y, sobre todo, como praxis: la transustanciación. Si cualquier objeto de la "creación" se compone de materia y forma, Dios puede cambiar la forma (hasta la "hostia" de antes se llama "forma") dejando los elementos materiales como trampantojo. Tras las palabras malabaristas del sacerdote, ¡abracadabra!, cambia la sustancia (forma) aunque quedan los accidentes (materia).
¿Y por qué la corriente atomista fue barrida del mapa, durando tal proscripción precisamente hasta que la ciencia, la física, demostró la verdad de las teorías ancestrales? Porque en tales supuestos no se podía sustentar el milagro de la "cena". Todo se compone de átomos, todo es un conglomerado de partes unidas por la energía interna, no hay realidades inmateriales fusionadoras. Un trozo de harina prensada, una galleta blanca e insulsa no es sino un conglomerado de átomos. De poco sirve pensar en transubstanciaciones.
¿Dónde está el cáncer corrosivo del atomismo? Pues en la propia metafísica que genera, metafísica que convierte en necedades las elucubraciones teológicas de la Iglesia. Ese pan --y el vino-- no es sino pura materia.
En la controversia de una y otra teorías, sólo el juez de la fuerza pudo imponer prelación: triunfante la Iglesia constantiniana, el destino de los escritos de Epìcuro (por ejemplo su obra "Carta a Herodoto") era la pira. Los átomos convertidos en energía calorífica.
Y con este triunfo lo que vino después fue la desacreditación de su doctrina, la muerte de su biografía; la conversión en estigma moral su ética ascética; trocar en desvergüenza y bestialidad sus prácticas de perfección.
Ha sido así a lo largo de la historia. Lo destruido pasa a ser ignorado, no se conoce, desaparece... Un ejemplo: ¿qué se conoce de Nicolás d'Autrecourt? Nada. Pues hacia 1340, con un descaro impropio de su tiempo y siguiendio las teorías atomistas, vislumbró otra verdad que hoy se ha visto válida: la teoría corpuscular de la luz. Nueva doctrina que identificaba la sustancia con sus cualidades. ¿Postura de la Iglesia? Ante el peligro de herejía malsana, lo hizo abjurar de sus teoría y quemó sus escritos.
Todas las doctrinas e investigaciones científicas derivadas del atomismo fueron prohibidas. Los jesuítas lo condenaron explícitamente en 1632 (y recordemos el "prestigio" de los colegios y universidades jesuítas). El mismo catecismio condena el derivado materialista de las doctrinas atomistas en sus artículos 285 y 2124. ¿Qué otra cosa podía hacer si quería seguir celebrando la fiesta del Corpus Christi? Pues hasta hoy.
Excepto que la realidad es muy terca y siempre, antes o después se impone. La física y la biología han confirmado la verdad atomista, aunque la inercia de la ignorancia y del beneficio hayan conseguido perdurar hasta hoy.
Doctrina de la transustanciación con un único sustento falso: la metafísica de Aristóteles vigente a través de la Escolástica en la enseñanza de los clérigos hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX sin entrar en otras consideraciones respecto a la creencia en malabarismos verbales, sustanciales y transustanciales.