ASCE Asociación de sacerdotes casados de España Tan sacerdote es el cura célibe como el presbítero que pidió dispensa de celibato
Innforma ASCE
| José María Lorenzo Amelibia
Tan sacerdote es el cura célibe como el presbítero que pidió dispensa de celibato

¿Curas de ermita? ¿Cuasi ermitaños?
El papa Francisco desconcierta. En noviembre del 2024 el Papa envió al cardenal Pietro Parolin a los seminaristas de Francia y al parecer le entregó por escrito lo que había de decir a aquellos jóvenes que se preparaban para el sacerdocio. “Los sacerdotes son célibes sencillamente porque Jesús fue célibe”.
Pienso que este argumento jamás debiera utilizarse; es más me inclino a pensar que esta frase no pudo salir de los labios del papa, porque Jesucristo no era una persona humana; era persona divina, el Hijo de Dios. El celibato en Jesús era una necesidad total; es inconcebible desde el punto de vista de nuestra fe que el Hijo de Dios pudiera desposarse. No podía ser padre en la tierra; su paternidad era sobrenatural, al estar sustancialmente unido al Padre Celestial. No se trata en Él de una exigencia mística, sino ontológica y divina.
Sí que es verdad y del todo de fe divina - católica que “nadie tiene poder de cambiar la figura del sacerdote, no obstante los cambios en la sociedad actual y la grave crisis vocacional”. Por eso mismo es necesario separar el sacerdocio católico del celibato. El sacerdocio es creación de Jesús; el celibato es un consejo de Él. Este consejo lo pueden asumir cristianos que no son sacerdotes; también los curas que lo deseen, también mujeres vírgenes y viudas… pero nunca puede ser impuesto.
Tampoco veo con claridad el hecho de comprometerse con votos a la virginidad. Al parecer San Pablo no exigía a las vírgenes que le seguían que practicaran de por vida ese propósito; eran libres para contraer matrimonio cuando ellas lo desearan. Lo del juramento o votos es posterior. Y los votos que solo puedan ser dispensados por el papa son cosas que se han ido agregando a nuestras costumbres; y lo veo difícil que desaparezcan, pero, desde el punto de vista de nuestra fe, podrían desaparecer.
Esto que les dijo el cardenal a los seminaristas es una gran verdad de ayer, de hoy y de siempre: “Sólo amando a Jesús más que a nada es que los sacerdotes podrán afrontar esta forma de vida tan exigente, esta perfección sacerdotal, y afrontarán los retos y tentaciones que encontrarán en el camino. Dan alegría y esperanza a la Iglesia”: unos con la resolución de permanecer célibes; otros en su vida matrimonial. Y debieran existir en el sacerdocio las dos figuras; porque Jesucristo nada ordenó al respecto. Eso de “quien echa la mano en el arado y vuelve la vista atrás, no es digno de mí”, no se refiere al celibato, ni siquiera solo a los sacerdotes, sino a todo fiel que sigue a Jesús. Jamás abandonarle; siempre con Él.
Nos dicen también que en su mensaje, el purpurado “agradeció y expresó la esperanza y alegría de ver que muchos jóvenes se atreven aún, con la generosidad y la audacia de la fe, a seguir al Señor en su servicio y en el de sus hermanos”. Esto, sí, es hermoso, no obstante los difíciles tiempos que vive la Iglesia y a pesar de las sociedades occidentales secularizadas. Fidelidad al sacerdocio: y esta fidelidad lo mismo es exigible al cura que permanece célibe, como al presbítero que “pidió dispensa” para poder contraer matrimonio.
Es hora de que nuestra jerarquía practique no solo la ortodoxia, también la ortopraxis. Dicho con otras palabras: que se respete el sacerdocio, sacramento que imprime carácter, tanto en los célibes que llevan parroquias y comunidades cristianas, como en quienes hemos sido arrojados del clero por habernos casado. Tan sacerdote es el cura célibe como el casado. Así es nuestra fe. Tal vez para reconocer esta realidad de fe, en los últimos rescriptos de dispensa se recuerda a los sacerdotes que son eliminados del clero, que tienen obligación de perdonar los pecados (confesar), en las circunstancias que en el rescripto se incluyen. Pero, aunque no nada digan de la celebración de la Eucaristía (la santa Misa), conste que es de derecho divino según muchísimos teólogos, el celebrarla. Y es que lo que Dios ha dado, no lo puede quitar el hombre.
Y concluimos con esta frase del cardenal Pietro Parolin: “En el punto más alto, fuente y cumbre de la vida de la Iglesia y de su vida personal, el sacerdote celebra la Misa donde, haciendo presente el sacrificio de Cristo, se ofrece a sí mismo en unión con Cristo sobre el altar y deposita allí la ofrenda de todo el Pueblo de Dios y de cada uno de los fieles.”
José María Lorenzo Amelibia
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