Dom 5 Cuaresma. No juzguéis,,, El juicio de la "adúltera". (Jn 8, 1--11)

El juicio de la adúltera  (Jn 8, 1-11).En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿Qué dices?"... (sigue)

Jesus and the Woman Taken in Adultery w1 Photograph by Historic ...

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: "El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra."

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?" Ella contestó: "Ninguno, Señor." Jesús dijo: "Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más."

Jesús dijo: «No juzguéis   (Lc 6,37s, Mt 7, 1).

INTRODUCCIÓN

 Los  acusadores afirman que ha sido sorprendida en flagrante (autophôrô) adulterio y eso basta. En línea de justicia israelita debe morir: ¡Moisés manda lapidarla! Pues bien, frente a Moisés se sitúa Jesús y por eso, como enfrentándose con él, los escribas de la ley mesiánica del viejo Israel le preguntan: tú, en cambio ¿qué dices? (Jn 8, 5).

La respuesta de Daniel en el caso de Susana era fácil: cumplir la ley, pero de un modo verdadero, mostrando que la mujer era inocente y los acusadores falsos. Bastaba con la ley: ella era signo de Dios, mesías de la tierra. El problema de Jesús es diferente: no puede probar la inocencia de la mujer, ni la mala fe o deseo lujurioso de los acusadores, sino que debe enfrentarse con algo mucho más importante ¡con la Ley de Moisés!

Pero él ha dicho no juzguéis

Ciertamente, si Jesús salva a la mujer deberá indicar la insuficiencia de la Ley, mostrando de un modo más alto la presencia y acción de Dios. (he desarrollado este motivo en varios trabajos, especialmente en Compañeros y amigos de Jesús, donde lo desarrollo con cierta extensión)

De esa forma, frente al puro mesianismo de la ley, propio de Daniel, funcionario del talión escatológico (¡Dios obrará al final del mismo modo, salvando a los buenos y condenando a los malos!), viene a revelarse Jesús como mesías de la gracia que ofrece vida al pecador (a la mujer), situando a los acusadores ante el espejo de su propia conciencia, para iniciar de esa manera una vida donde sea posible la reconciliación.

HISTORIA DE JESºS | XABIER PIKAZA IBARRONDO | Comprar libro 9788499456041

La respuesta y solución de Jesús no viene en línea de la ley. Por eso no investiga los hechos, como nosotros (nuevos legalistas) hubiéramos deseado: no le importan los cómplices del adulterio, ni el ausente marido, quizá también culpable. No busca atenuantes de tipo psicológico y social... Es muy posible que, en línea de ley, un buen juez hubiera podido mostrar la contradicción de los acusadores, la complicación del marido, la posible falta de madurez de la víctima. Pues bien, Jesús no se ha querido situar a ese nivel: no se ha comportado como juez, ni en relación a la mujer, ni en relación a los cómplices; no es un buen juicio lo que busca (frente al juicio malo de los acusadores) sino la gracia superior y la verdad de cada uno (que debe mirar hacia sí mismo y descubrir allí su deseo más hondo).

Conforme a la ley, la mujer es culpable, pero Jesús no resuelve el problema a ese nivel, ni tampoco a nivel de pura maduración psicológica: no llama al marido, no enfrenta a los esposos, no les ofrece una terapia afectiva, sino que nos conduce a todos más allá del ámbito de juicio, allí donde Mt 7, 1-3 decía: ¡no juzguéis y nos seréis juzgados! La actitud de juicio supone que nosotros (jueces) somos buenos, mientras los otros (juzgados) culpables: por eso nos alzamos contra ellos, convirtiéndoles en chivos expiatorios al servicio de nuestra propia seguridad.

Este mecanismo de descarga judicial se repite en el principio de muchas religiones: un grupo sagrado tiende a mantenerse divinizando su propia justicia y condenando o expulsando a los disidentes o distintos. Pues bien, Jesús ha destruido la base de ese mecanismo, avalado por la ley de Moisés, situando a cada uno de los jueces ante su propia responsabilidad y diciéndoles:¡mira hacia adentro! ¡atrévete a decir que te hallas limpio!

En nombre de su propia ley, los acusadores podrían haber respondido: ¡estamos limpios, nosotros somos buenos! Pero no lo hacen, sino que reconocen su propia suciedad, dejando que caiga la piedra de violencia de su mano, empezando por los más ancianos (en el sentido doble de senador/presbítero: hombre de edad y juez o magistrado). Todos se descubren pecadores.

Históricamente, esta escena resulta irreal, muy improbable. Los escribas y fariseos de la tradición evangélica se hubieran atrevido a presentarse como justos, condenando a Jesús, el inocente. Pero el texto es una parábola cristológica más que el recuerdo de un hecho pasado: Jn 8, 1-12 está contando (o representando) la verdad universal del ser humano, diciéndonos que el día en que todos nos consideremos pecadores podremos dialogar de forma abierta, perdonándonos mutuamente, desde la gracia más alta de Dios Padre.

LA VIDA ES MÁS QUE LEY. LA VERDAD ES MÁS QUE JUICIO

Todos los jueces se van. Con la mujer queda Jesús, el único inocente (y el pueblo que actúa como testigo de fondo de la escena). Teóricamente Jesús podría condenarla, pues él es inocente; pero su inocencia se define más bien como perdón: ¡tampoco yo te condeno, vete y no peques más! De esta forma se enfrentan y distinguen la ley de sangre y la gracia creadora de Jesús:

 – La ley descubre al pecador y tiene la respuesta , como saben los jueces: ¡Dios mismo manda lapidar a estas mujeres! Como representantes de un Dios violento se creen obligados a matar a sus culpables.

Frente a esa ley que se impone matando, eleva Jesús la experiencia más honda del perdón. No necesita ya libros, escribe su palabra sobre el polvo: Dios y su gracia superan todas las leyes y sentencias del mundo.

 NO JUZQUÉIS....

COMPAÑEROS Y AMIGOS DE JESÚS (libro del 2024). Escrito por Xabier ...

No juzguéis y no seréis juzgados (Lc 6,37s; Mt 7,1s)

 La comunión de Jesús se destruye allí donde unos juzgan a otros, o donde la estructura de conjunto juzga y somete bajo su dictado a  todos. El juicio pertenece al orden racional de una vida que se construye y define a sí misma, pero Dios se sitúa en un plano de gratuidad superior, más allá de razones y juicios humanos:

 Lucas.«No juzguéis, para que no seáis juzgados, porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que midáis seréis medidos» (Cf. Mateo Mt 7,1s).

Lucas introduce la exigencia de no juzgar al final del sermón de la llanura (cf. Lc 6,17-49),después de las bienaventuranzas, los ayes (Lc 6,20-26) y el amor al enemigo (Lc 6,27-36). Mateola sitúa hacia el final del sermón de la montaña, sin incluir las aplicaciones de Lc 6,37b-38 (no condenar, perdonar, dar) ni las parábolas de la «razón teológica» (del ciego y del discípulo: cf. Lc 6,39s), formuladas posiblemente por el redactor del Evangelio para interpretar el motivo del no juicio en su Iglesia[1].

            La palabra base de Mt 7,1 y Lc 6,37a («No juzguéis, para no ser [y no seréis] juzgados») es una sentencia apodíctica o axioma, que define a Dios y modela el sentido de la Iglesia como experiencia de gratuidad originaria. No es sentencia de ley sino supra-ley, voz que nos llega de Dios, viniendo, al mismo tiempo, de la profundidad del ser humano arraigado en Dios. Tres son, a mi entender, sus notas principales[2]:

 -Esta es una afirmación universal y ha de entenderse desde la gracia de Dios y la invitación de amar al enemigo. Más allá de la ley, allí donde se descubre inmerso en Dios-Gracia, el hombre puede actuar igual que Dios, sin exigir ni pedir nada, sin juzgar por nada.

 - Esta palabra retoma el primer mandato: «No comerás…»; no te apoderes para ti de nada, tu vida es don y gracia (cf. Gn 2,17). El precepto dice que no podemos fundar nuestra vida en algo que tengamos o que hagamos. Hemos brotado y somos en un Dios que nos ha dado la vida como gracia y en ella nos mantiene, de forma que podamos vivir de un modo gratuito, unos para otros[3].

 - Ella define el riesgo vital, diciéndonos que si juzgamos, caemos en manos de nuestro propio juicio, no del de Dios: «No juzguéis para que no seáis juzgados». El juicio no viene de Dios sino de nosotros mismo. Por eso es esencial la segunda parte del dicho de Jesús: «No seréis juzgados». Dios no es garantía humana de buen juicio (contra lo que afirma Kant en su Crítica de la razón práctica) sino superación divina de todo juicio. Donde hay amor de Dios no hay juicio, no por indiferencia (un Dios que se desentienda) sino por gratuidad más alta.

  Esta palabra («No juzguéis») no puede probarse (si se probara, debería integrarse en un sistema legal expresado en forma de talión), sino que deriva de la experiencia original del Dios creador, que es «gracia universal de Vida». No puede probarse ni postularse, pero puede y debe razonarse a posteriori, como suponen Lc 6,38b y Mt 7,2: con el juicio con que juzguéis seréis juzgados.

La fe en el Dios creador nos sitúa ante el misterio de su gracia, más allá de todo juicio y castigo. Según eso, el juicio no forma parte originaria de la creación, no proviene de Dios, sino que surge y se despliega allí donde nosotros lo formulamos y aplicamos en forma de talión. Solo superando la trama de acción y sanción, impulso y respuesta, bien y mal, descubriendo nuestra vida como puro don, en inmersión de amor, podemos hablar de Dios y contemplar (descubrir/desplegar) la vida como gracia, por encima de todo juicio que pueda separarnos del amor de Dios.

Dios no es bien y mal, gracia y condena, juicio, sino solo bien, pura gracia. El juicio lo creamos nosotros y lo aplicamos a Dios, atreviéndonos a decir que forma parte de su esencia, para defender aquello que hacemos, en contra de Dios, que no es talión de bien/mal sino puro bien que crea; no da (se da) para recibir (obtener ganancias) sino por gratuidad amorosa, para que seamos nosotros[4].

El juicio cerrado en sí mismo se expresa en forma de lucha mutua y culmina en la muerte (condena) de los perdedores, según la ley del talión. Solo quien supera el nivel del juicio puede vivir en Dios, siendo Dios por gracia (viviendo para siempre). Esta revelación («No juzguéis») no forma parte de la ley sino de la creatividad originaria de Dios, de forma que no podemos decir «No juzguéis porque el juicio es de Dios» (cf. 1  

 Jesús duce  “no juzguéis”... pero la sociedad civil no ha querido escucharle,  ni tampoco mucha iglesia cristiana de forma que toma el “juicio” (el poder judicial) como clave de la vida social, junto al poder legislativo y el ejecutivo. Tampoco la iglesia cristiana ha sabido qué hacer con este mandato de Jesús y ha buscado la manera de elaborar un minucioso “derecho judicial”, afirmando que ella posee, por, por siglos y siglos (al menos desde el XIII al XX el poder judicial supremo de la tierra, avalado por excomuniones, e incluso condenas a muerte e infierno.

   El tema no es nada fácil de resolver, como saben bien los canonistas “cristianos”. Por eso es bueno que este domingo se lea y debe meditarse el  tema del “juicio” de la adúltera.  No voy a repetir lo que dije hace dos días, pero he sentido  la necesidad de recordar en este contexto, el mensaje fundamental de Jesús en este contexto.,

Superar el juicio, vivir en gratuidad: eso es la Iglesia

 Por don de Dios vivimos, por amor de aquellos que nos han transmitido la vida. Si rechazamos la gracia y nos juzgamos, juzgando a los demás, en clave moralista, corremos el riesgo de destruirnos a nosotros mismos, destruyéndolos a ellos. Este es el centro de la eclesiología de Jesús.

 - La capacidad de juicio es un elemento esencial del hombre, que piensa, mide y organiza la vida por conocimiento (sabiduría) y trabajo, superando así el nivel de los animales, que no piensan ni juzgan, sino que son por instinto. Juzgar es discernir, planificar y organizar la vida, en un nivel de medios y de fines, dentro de una historia regida por la ley del talión.

 - Pero el hombre que cierra su vida en un nivel de juicio pierde su identidad, como saben Gn 2-3 y Mt 7,1-5 y paralelos, porque el ser humano está hecho (se hace) para trascenderse en el Dios creador de vida, que le ofrece un lugar y un camino en su vida divina (véase el discurso de Pablo en Atenas en Hch 17,22-31).

No es que el Evangelio condene la razón y el juicio moral, pretendiendo que volvamos a una especie de parque o paraíso de animales sin libertad de elección ni riesgo de muerte. En un determinado plano, la elección resulta imprescindible, el riesgo es bueno y el juicio se hace necesario. Pero el hombre solo surge y solo llega a su verdad cuando supera ese nivel de dualidad, es decir, de juicio de bien y de mal, y vive (se abre, se deja abrir por Dios) en un nivel de gracia[5].

     Eso significa que, en un plano, debemos juzgar para ser personas. Pero si nos quedamos solo en ese plano, si comparamos, discernimos y programamos dentro de un camino racional, de lucha entre unos y otros, acabamos destruyéndonos. Allí donde nos cerramos, haciendo del juicio la única verdad de nuestra vida, terminamos condenados bajo el triunfo del más fuerte o bajo el peso del sistema que se impone sobre todos. Por eso postulamos y buscamos un nivel más alto de no-juicio como gracia.

 - No juzgar significa contemplar en amor, porque así me ha creado y me contempla Dios: en su amor he nacido, en su Vida vivo. Estoy en sus manos y le agradezco la existencia en gratuidad y comunión de vida. En esa línea, la superación del juicio solo puede vivirse en un plano de contemplación gratuita, en línea de eternidad, es decir, de resurrección de vida como gracia.

- Superar el juicio implica conocer de un modo más intenso. Tomo distancia, no dejo que las cosas me agobien, y por eso puedo verlas transparentes, en un plano más alto, de intuición vital, de agradecimiento. Pase lo que pase, actúe como actúe, estoy salvado, porque en él existo y él me salva (es mi salvación, mi dimensión eterna). De esa forma, sin la angustia del hacer para ganar mi vida, puedo conocerla y conocerme en su verdad más honda.

             Más allá del juicio está la Vida, está el amor gratuito, la esperanza de la resurrección. Esa es la fe y la vida de la Iglesia. Ella no tiene queganar la vida para así tenerla, pues Dios se la ha regalado. No debe tenerla y conservarla para ella, sino que puede darla y compartirla con todos. No tengo que aferrarme a lo que existe: me lo han dado y puedo regalarlo. Solo dando lo que soy puedo existir, siendo en los demás; solo compartiendo todo hasta la muerte puedo ser por anticipado lo que doy, puedo resucitar en Cristo. Por eso, el no juzgar no supone indiferencia sino creatividad apasionada[6].

 NOTAS

[1] Cf. J. A. Fitzmyer, El Evangelio según Lucas, vol. II, Cristiandad, Madrid 1986, 589-626; A. Plummer, A Critical and Exegetical Commentary on the Gospel according to St. Luke, Clark, Edinburgh 1981, 178-194; H. Schürmann, Il vangelo di Luca, vol. I, Paideia, Brescia 1983, 536-624.

[2]Cf. H. Merklein, Gottesherrschaft als Handlungsprinzip. Untersuchung zur Ethik Jesu, Echter, Würzburg 1981, 242; S. Schulz,Q. Die Spruchquelle der Evangelisten, Teologischer Verlag, Zürich 1972,146-149.

[3]H. L. Strack - P. Billerbeck, Kommentar zum Neuen Testament aus Talmud und Midrasch, vol. I, Beck, München 1974, 441 no han encontrado paralelos judíos de esta prohibición de juzgar. Pero H. Arendt, La condición humana, Paidós, Barcelona 1993, 255-262 ha mostrado que se funda en el judaísmo y culmina en Jesús. Cf. V. Jankélévitch, El perdón, Seix-Barral, Barcelona 1999.

[4]La proyección judicial es consecuencia del egoísmo de los seres humanos, que dan para recibir, que piensan que son por imponerse sobre otros.

[5]Muchos afirman, en un cierto nivel, que todo es gracia, pero luego, de hecho, siguen juzgándose a sí mismos como si estuvieran condenados a merecer su salvación. Esta actitud es consecuencia de un orgullo larvado: el que se condena a sí mismo es porque piensa que tendría que «salvarse a sí mismo».

[6] Juan de la Cruz ha destacado esta experiencia: «Está el alma en este puesto en cierta manera como Adán en la inocencia, que no sabía qué cosa era mal, porque está tan inocente que no entiende el mal ni cosa juzga a mal, y oirá cosas muy malas y las verá con sus ojos y no podrá entender que lo son, porque no tiene en sí hábito de mal por donde lo juzgar, habiéndole Dios raído los hábitos imperfectos y la ignorancia, en que cae el mal de pecado, con el hábito perfecto de la verdadera sabiduría» (Cántico espiritualB, 26,14). 

Sobre Jesús y los pecadores, en clave de ley y superación de la ley, cf. R. Banks, Jesus and the Law in the Synoptic Tradition, SNTSMS 28, Cambridge 1975; K. Berger, Die Gesetzeauslegung Jesu, WMANT 40, Neukirchen 1972; J. D. M. Derret, The Law in the NT, Darton, London 1970; Jeremias, Teología, 97-148; Sanders, Jesus, 174-211. Sobre Jn 8, 1-11, además de comentarios, cf. J. D. M. Derret, The Story of the Woman Taken in Adultery: NTS 10 (1963/4) 1-26; Witherington III, B., Women in the Ministry of Jesus, Cambridge UP, 1984, 21-23.

Volver arriba