Presentaremos hoy el importante libro de Murciano “Este claro silencio”, publicado en 1970 con destacado galardón de Premio Nacional de Literatura. Se aproxima el poeta andaluz a la cuarentena de la madurez y lo demuestra en la notable calidad del celebrado poemario. Viene presidido el primer título por cuatro versos de Juan Ramón: “Creímos que todo estaba / roto, perdido, manchado… / –Pero, dentro, sonreía / lo verdadero, esperando–.” Vacila el lirico arcense entre la parálisis literaria y la escritura. Pero, al fin, se decide el corazón, que le sonríe, y escribe confiado desde la libertad y la maduración (versos finales): “La palabra no brota / de los labios. Asombro. / Una mirada –¿rota?– / dice lo que no nombro. / Empiezo. Lento, vuelvo / la página. Y escribo. / Y en la tinta me absuelvo / y me condeno. Y vivo.”
ACÉRCATE AL BROCAL, BEBE SIN MIEDO
Entre los 29 títulos de la publicación encontramos un soneto, “Este claro silencio”, que así se expresa en tercetos que desarrollan la interioridad como pozo del que beber: “Acércate al brocal, bebe sin miedo / y camina después hacia ese ruedo / sin barreras, sin toro y sin testigos. / Yo te bendigo, te bendigo. Anda. / Echa ya a andar, que la esperanza manda / y sangra la amapola entre los trigos.”
Entre la rica variedad de poemas del presente libro, hemos seleccionado, casi aleatoriamente, tres de gran humanidad y exquisito estilo literario, según acostumbra Carlos Murciano: “La nube”, “El regresado” y “La visita”. Ambientamos inicialmente cada uno de ellos.
Y HA MOVIDO LA MANO EN UN GESTO DE ADIÓS
El primer poema, “La nube”, está protagonizado por una niña de tres años y una nube, que dialogan. También, al final, conversa con la nube el poeta niño, para quien el personaje celeste es visto, al igual que la pequeña, como “humo de Dios” que le trae “la paz, la sombra buena, la caricia / de lo infinito…”; humo, nube, tiempo… “soplo de eternidad…”
No es infrecuente encontrarse, en la obra de Murciano, fascinantes historias líricas para pequeños (fue galardonado en 1982 con el “Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil”, por la novela para adolescentes “El mar sigue esperando”). De momento, disfrutamos los versos de “La nube”, el ingenuo saludo “Hola, humo”, de la pequeña que se sube al cristal de la ventana, y la experimentada desilusión, la “memoria cansada”, del juglar mayor que canta el paso del tiempo, que lamenta el veloz devenir de la vida hacia las últimas palabras…
LA NUBE
Mi hija –tres años cortos–, hoy
que empieza mayo y atardece,
ha venido a mi cuarto,
a mi silencio laborioso,
ha empujado una silla hasta la gran ventana
y luego de alcanzar difícilmente
–tropezando, trepando– la estatura precisa,
ha apoyado su frente en el cristal,
ha puesto en el azul sus –más que celestes, mágicos–
ojos en donde habita la sorpresa
y ha dicho en voz muy baja, casi
confidencial, de vieja amiga: “Hola,
humo.”
Y ha movido la mano en un gesto de adiós,
de bienvenida acaso.
Cruza, lenta, la nube, mansa. Dice
“adiós” o bien “por un instante
me quedaré contigo”. Luego sigue
yéndose, derramándose, siendo nada,
es decir, todo.
“Hola,
humo de Dios, forma del tiempo, soplo
de eternidad, nube que traes –llevas–
la paz, la sombra buena, la caricia
de lo infinito, a las pupilas claras
de una niña que ignora –que tanto sabe–, a
la memoria cansada de un hombre que comprende
que a medida que pasas, humo, nube, tiempo,
menos te alcanza, menos te conoce,
más te vas de sus manos que un día te tuvieran.”
Y EN LA MANERA DE PARTIR EL PAN, ME CONOCISTE, MADRE
Hermoso poema muy en sintonía con el bíblico relato de “El hijo pródigo”, que regresa al hogar con cierta reticencia de algún familiar. Quizá faciliten pistas los versos de “31 de julio”, poema de “Un día más o menos”, cuando el juglar de Arcos regresa en agosto, de vacaciones, al pueblo de su niñez, y se siente acogido por el alma de la villa: he vuelto “cuando todo me esperaba”. Dicen así los versos finales: “Nadie, nunca, / sabrá que, al comprender que me sería / fácil recuperar lo que perdiera / niño, he roto a llorar, hombre, de gozo / y pena y soledad y compañía.”
En “El regresado” de hoy, la alegría por el retorno se centra, más que en el paisaje urbano, en el calor familiar (padre, madre, hermanos). Y es muy tierna y bíblica la noticia del reconocimiento por el sencillo y peculiar gesto de partir el pan.
EL REGRESADO
Y cuando hubo pasado mucho tiempo,
mucha distancia,
mucho dolor de no estar juntos,
regresé, madre. Había cedido el sol,
se había entregado el pueblo al silencio más hondo
como al amor la moza en los pinares,
y el jilguero callaba junto al pozo encalado.
Hallé el portón abierto, dispuesto el comedor,
la loza preparada.
Tú estabas donde siempre;
padre, serio, en su sitio; en torno los hermanos.
¿Y este que irrumpe así –os preguntábais–,
que ahora acerca la silla, desdobla
la servilleta, ocupa ese lugar
tal si de siempre le perteneciera,
quién es?
Os leía en los ojos la pregunta,
la duda, la inquietud
de compartir conmigo
mesa, mantel, ternura y compañía.
Tomé la hogaza candeal con mano
que no temblaba
y en la manera de partir el pan
me conociste, madre.
ARDE LA LEÑA Y, CON LA LEÑA, ARDO
Quizás ayuden a descubrir la maravilla del diálogo interior, los siguientes pensamientos del propio Carlos Murciano, que así escribió en sus “Notas para una poética: “La poesía tiene su honda vena misteriosa, indescifrable: su cangilón secreto. Y el agua que éste encierra y vierte, si clara, no deja ver con nitidez el fondo. Por fortuna. Poesía, clarísimo misterio.” Decía Teresa de Ávila a sus monjas: "No estamos huecas por dentro, hijas".
LA VISITA
“Alguien que soy yo mismo me visita”
H. E. PEDEMONTE
Hoy he venido a verme y he salido.
No estoy. (No está. No estás.) Aquí me aguardo.
Aquí me siento. Y punto. ¡Cuánto tardo!
Definitivamente, me he perdido.
No sé volver. El fuego está encendido.
Arde la leña y, con la leña, ardo.
Pero estoy fuera, en el umbral del cardo,
clavándome sus púas, y aterido.
No me paré a pensar que me esperaban
ni que yo mismo me visitaría.
(No está. No estás.) No hay nadie aquí. Me voy.
Desde otras soledades me llamaban.
Salí. No he vuelto. Volveré. Otro día
volveré a visitarme, por si estoy.