Esperar contra toda desesperanza

Hace unos cuatro años comenzó a venir un chaval, Tonio, a pedir comida. Su aspecto era muy malo y se evidenciaba su adicción a la droga. Cada día venía y se le preparaba una bolsa con alimento, y cada día la hermana que estaba en el torno aprovechaba para charlar con él un rato.

Nos pusimos en contacto con los profesionales del Centro de Salud Mental al que iba por la metadona, y nos dijeron que aunque por medio de los Hermanos de San Juan de Dios se le podía facilitar un ticket de comida, el hecho de tener alguien con quien hablar, le estaba favoreciendo, y que el venir a buscar la comida era una buena excusa. La asistente social nos advirtió, que Juan José, -otro chaval que también venía- tenía más números para salir, pero que Tonio era “zorro viejo”, y que cualquier día nos la pegaría. Sin embargo algo nos hacía creer que esta vez Tonio se tomaba las cosas muy en serio, y que estaba al borde de la angustia porque quería cambiar.

Él venía cada día. Una tarde se presentó con unas macetas y la hermana que lo atendió le dijo: “¿De dónde las sacaste?”. El le dijo que él las cuidaba, y que entendía que de una persona como él no nos fiáramos, pero éstas no las había robado: eran suyas y ahora nuestras. La hermana hasta el día de hoy recuerda su desconfianza con dolor.

A los pocos días nos trajo algunas cosas de madera hechas por él. Nos explicó que vivía en una roulot, y que le habían concedido ir a un centro para desintoxicarse y que quería dejarnos lo que tenía como agradecimiento. Desde hacía unos años tenía orden de alejamiento de casa de su madre por el estado en el que él había llegado a estar, y porque se había pasado con ella robándole y maltratándola. Quería dejar esta vida y marchaba a un centro.

No perdimos su pista. Nos escribía contándonos sus luchas, pidiéndonos la Biblia, luego algún libro de poesía… Y las hermanas, entre otras cosas le explicábamos que las plantas estaban florecidas, y que nos hablaban de él.

Pasó el tiempo y Tonio pasó a otro centro como monitor, y tomó mucho cariño a los jóvenes que se le encomendaban, y pronto se convirtió en un buen educador.

En una de sus visitas al monasterio lo detuvieron: Los Mossos de esquadra tuvieron noticia que estaba por Manresa y como tenía una causa pendiente -de ¡cuando era más joven, y de antes de su proceso de recuperación!- vinieron a buscarlo y de aquí se fue al calabozo. Allí fui a verle y a animarle hasta que todo se aclaró y lo pusieron en libertad.

Ayer vino a vernos con uno de los compañeros que hizo idéntico proceso. Ahora viven cuatro en un piso en un pueblo de Cantabria. Entre ellos se ayudan y animan, y ya hacen proyectos para montar una empresa. Trabajan todo el día y su lema es: “Pudimos salir de lo peor, no podemos caer, pero además tenemos que ayudar a que los jóvenes no caigan en el peor de los infiernos que es la droga.”

Aquel que era considerado un “Zorro viejo”, lleno de adicciones y maltrecho por su currículum; aquel que no podía cambiar, hoy es un hombre de bien que lucha por ayudar a los que están como él estuvo… Y lo que más me impresionó es que nunca se olvida de aquellos que le dimos una mano cuando estaba en la cuneta de la vida.

Nunca podemos desesperar de las personas, todos tenemos nuestro tiempo, y es preciso saber acompañar, esperar y no juzgar. Tal vez sea esta la mejor medicina.

En una carta en la que compartía sus luchas me decía: “ Ya sé que no puedo cambiar la dirección del viento, pero sí puedo ajustar mis velas para llegar a mi destino.”

Gracias Tonio, ojala todos sepamos ajustar nuestras velas y sobretodo no desesperar de nadie, así seguro que todos llegamos a destino.

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