Y dijo dios...

¿Alguna vez han encontrado en un día de aseo general de su casa, o empacando cosas porque se mudan a otro lugar, un cuaderno de su época de colegio? Ese viaje en el tiempo nos muestra de plano una letra que no parece salida de nuestras manos, como cuando uno escucha una grabación de su voz y piensa: “no puede ser que ese sea yo”, y el cuaderno aparte de las anotaciones de clase tal vez tenga en las páginas de atrás una serie de escritos, dibujos, trazos desordenados, que nos hablan de días en los que estábamos pensando cosas, de clases en las que nos aburríamos magistralmente, y hasta es posible que aparezca un nombre y un número telefónico de una persona para quien nuestra memoria no tuvo la cortesía de guardar el más mínimo espacio y por tanto no tenemos la menor idea de quien se trata. Pero imaginen que ese cuaderno no lo encuentran ustedes, sino que por alguna razón se queda en esa casa después de la mudanza y lo encuentran los nuevos inquilinos, ya no se trata entonces de que se acuerden o no de lo que allí aparece sino de que conozcan a quien lo escribió y tengan medianamente idea de lo que estaba pasando por la mente de esa persona en aquel momento. Pero supongan además que lo que está escrito en el cuaderno no son los apuntes de una clase de geografía o de química, sino una cuaderno más personal, un cuaderno de pensamientos, de ideas, tal vez de poesías o canciones que escribieron cuando estaban en esos días en los que uno quiere dejar salir lo que tiene dentro. Muchos de nosotros hemos tenido cuadernos así, y reencontrarlos nos transporta a quienes éramos entonces y a lo que pensábamos y soñábamos, y a las crisis que teníamos en aquel momento. Imaginen entonces que los nuevos dueños de casa encuentran este diario con pensamientos, ideas, escritos tan personales, y además, rayones, dibujos y unos números telefónicos al respaldo. Por último y ya entrando un poco en la fantasía, imaginen que los nuevos dueños de casa son una familia de Rumanos que han llegado por primera vez a tu país, quizá porque el papá fue nombrado agregado cultural, o vienen como enviados de alguna multinacional o son refugiados políticos, entonces el hijo mayor organizando su habitación encuentra el cuaderno y como si estuviera en una película se propone descubrir todo acerca de esos escritos que acaba de encontrar. ¿Qué cosas tendría que hacer para llevar a cabo esta hipotética misión?

Un panorama más o menos así es al que nos enfrentamos cuando hablamos de los libros sagrados, con las sutiles diferencias de que del cuaderno se han hecho centenares de miles de copias a lo largo de los siglos, y en muchas de esas copias se encuentran variaciones, y las copias más antiguas están partidas, manchadas, rotas, dispersas en museos y secciones de bibliotecas, y la tarea de descubrir lo que significan aquellos escritos se hace cada vez más compleja. En medio de todo eso siempre me ha asaltado una pregunta: ¿La palabra de dios es el cuaderno original, las copias, la interpretación de las copias, lo que el muchacho entendió, son las frases en español del primer cuaderno o la traducción al rumano que él haya hecho? Porque si estamos en la habitación de un hotel y abrimos el cajón de la mesa de noche encontramos con un 95% de seguridad un Nuevo Testamento de los Gedeones y resulta que algunas, varias, muchas palabras que allí aparecen no están en, digamos la Biblia Dios habla hoy. Y no porque los hayan cambiado, o hayan añadido o suprimido segmentos deliberadamente – como sucede en el caso del texto que usan los testigos de jehová – sino porque tal vez usaron como texto base traducciones diferentes e hicieron opciones de lenguaje distintas. Por ejemplo: En la Nueva Biblia Española la última frase que pronuncia Jesús en la cruz en el evangelio de Juan es: “queda terminado”, en la Biblia del Peregrino aparece: “está acabado” y en la Dios habla hoy: “Todo está cumplido”, pero en la versión que hemos escuchado mayormente y desde pequeños en la iglesia dice: “todo está consumado”. ¿Cuál es la versión oficial de la palabra de dios? ¿El texto griego? Pero resulta que no tenemos el original del texto griego, pues a lo que se conoce en ciencia bíblica como originales son las copias más antiguas de las que se dispone, plenamente identificadas y cuidadas como tesoros. Lo que pasa es que en varias de esas versiones también hay palabras en unos papiros y en unos códices que no están en otros, entonces volvemos al mismo lugar.

Hay muchas formas de resolver la cuestión, pero quiero proponer tres modelos sencillos para que miremos un poco cómo se percibe este tema entre los creyentes de hoy. El primer modelo es el del futbolín: que es una mesa, con muñecos de madera o de plástico que están unidos en grupos de dos o tres por un tubo que da hacia una manija en un extremo de la mesa. El jugador hace rodar los tubos y los muñecos giran y si eres hábil y tienes algo de suerte logras que le peguen a la bola y que la bola entre en el arco contrario. En realidad hay un jugador y 11 muñecos inertes. Ese es el modelo de los que asumen que cada palabra que aparece en su versión de la biblia está puesta ahí porque dios ha conducido de manera unilateral el pensamiento y la escritura de cada uno de los seres humanos que han intervenido en el proceso, tanto de redacción del texto bíblico original, como de cada uno de los copistas, editores, traductores, bibliotecarios, biblistas e impresores, desde Isaías hasta la tienda más cercana. Lo que los lleva a hacer un uso desproporcionadamente literal del texto que en nada tiene en consideración el proceso que lo llevó hasta sus manos, y que desconoce completamente las afirmaciones que la Iglesia hace sobre la inspiración y la revelación bíblica (pero cuando hablemos de interpretación volveremos sobre este punto).
El segundo modelo es el del fútbol de videojuego, en el que hay un procesador computarizado que convierte en imágenes y en acciones de esas imágenes lo que alguien está ejecutando con un comando manual o control. En cualquier consola de videojuegos se puede jugar fútbol y si eres hábil y tienes suerte conseguirás que los jugadores hagan lo que tú estás pensando que hagan y lo que les ordenas con tus botones que hagan. Allí se centra la atención en armar una estrategia previa – esto tiene toda una preparación solemne para los profesionales de los videojuegos – y en usar bien al jugador que va protagonizando cada momento y que varía de acuerdo al movimiento de la pelota, allí los personajes son mucho más “humanos” aunque siguen siéndolo únicamente en su apariencia. Ese es el modelo de quienes asumen que hay cierta libertad que dios permite a los escritores, editores, traductores, etc… de la Biblia, pero que en todo caso el habría de intervenir directamente a corregir cualquier desviación inadecuada que traicionara la uniformidad del texto sagrado. Son los que no niegan la participación humana en el texto pero sólo de apariencia, porque en cuanto aparece una cuestión controversial la resuelven poniendo el control de la consola en manos de dios, convirtiendo así a todos los involucrados en animaciones virtuales sin vida real.
El tercer modelo es el Fútbol entre personas. Allí normalmente hay un personaje que dirige a los once jugadores, que plantea una manera de enfrentar los partidos, una forma de ubicarse en la cancha y propone la estrategia con la que cada uno puede dar lo mejor de sí mismo y en la que el equipo puede entenderse mejor. Ese es el modelo que entiende la Iglesia, un dios que desde la relación con los hombres inspira en ellos una manera de entender la vida, una forma de comprender esa revelación, y desde ella, la vivencia espiritual del pueblo, la conciencia religiosa de la comunidad se convierte en el escenario en el que se da lo mejor de cada uno, en el que en el conjunto de la historia lo que comprendieron y consignaron los autores del éxodo tiene coherencia con los profetas y con los libros de los Macabeos. No es magia, no es una suplantación de la voluntad, no es una instrumentalización – en el sentido mecánico del término – de los escritores sagrados, sino que ellos se convierten en verdaderos autores de lo que han logrado descubrir como pueblo que vive la alianza, a veces incluso teniendo que oponerse a lo que buena parte del pueblo consideraba que era lo más indicado.

Eso significa que lo crucial en la lectura bíblica es encontrar lo que dios nos quiere revelar de sí mismo, de nosotros y de su propuesta.

Por eso es importante que podamos encontrar, por medio de una lectura asidua, de una lectura crítica y de una lectura responsable, con elementos de formación y de buena interpretación, lo que está detrás de las palabras y de lo que esas palabras representan, pues al ser los escritores bíblicos verdaderos autores, el lenguaje y el relato en el que transmitieron su experiencia y su visión, está caracterizado por una forma de ver el mundo, por una forma de entender la naturaleza y por una forma de concebir las relaciones sociales que normalmente no corresponden con las que tenemos hoy en día. Y si hacemos una insistencia testaruda en privilegiar la forma como empaque revelado portador de verdades indiscutibles, nos veremos lanzados de manera irreversible al más peligroso fundamentalismo – cosa que ya se ve – que no sólo nos pondrá en una difícil situación de convivencia con la humanidad, sino que nos desdibujará por completo la buena noticia, convirtiéndola en una pesada carga que proponemos a los otros sin que queramos tocarla con el dedo.
¿Recuerdan la medalla de la casa del pariente y la puntilla de la que cuelga esa medalla? Una sensata comprensión de la forma como la Biblia es Palabra de dios nos permite identificar qué es medalla y que es puntilla en el texto, es decir, qué relatos están al servicio de otros que son cruciales y cómo todos en conjunto están al servicio de una propuesta de vida que la tradición del pueblo de Israel y la comunidad cristiana conoce como alianza.

Por último, por ahora, una palabra sobre la palabra.
En la cosmovisión de Israel, dios crea hablando, diciendo cosas, pronunciándolas. Porque se concibe que en la palabra hay aliento y hay poder. Es decir, que hablar es una capacidad en sí de hacer que la realidad se convierta en pensamiento y en acción. Por eso el pueblo hebreo tiene un enorme respeto por lo que se dice, por la forma como se habla, por la conversación y por la tradición oral. De la misma manera se comprende que la creación de dios sucede cuando habla, cuando inspira realidad pensada, interiorizada, cuando la relación de los seres humanos con dios hace que éstos se vean a sí mismos inspirados a la acción. La definición tradicional dice que la palabra de dios es su acción creadora en nosotros. Todo esto en lenguaje más sencillo significa que cuando dios habla no quiere esencialmente enseñar una lección que debamos repetir, sino que quiere que vivamos, quiere que nos sintamos llamados a la acción, que su propuesta nos mueva a existir de cierta manera, como seres humanos y como pueblo. Así que cuando un creyente se acerca a la biblia, tiene la certeza de que lo que allí se encuentra es una invitación a que la vida se vuelva realidad, no sólo ideas y propósitos.

Ojalá pronto en nuestra Iglesia desaparezca las visiones del futbolín y del videojuego, y comprendamos que Dios nos habla por medio de seres humanos y a la manera humana, y que no lo hace para darnos detalles históricos sobre David, sino para que podamos reconocer cómo llevar nuestra vida a la plenitud.
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