El cristiano y la Cuaresma Dios no te condena, pero te cambia la vida

"El episodio de este domingo recoge un caso biográfico en el que los oponentes de Jesús le tienden una 'trampa' que éste debe superar mediante una palabra o acción que demuestre su sabiduría (p.e. Mc 12,13-17, sobre el tributo debido al César"
"Los romanos habían prohibido a los judíos ejecutar la pena de muerte según su ley. Así pues, Jesús debe rechazar o bien la ley de Moisés, o bien la autoridad de Roma"
"La sabiduría del hombre Jesús, la piedad del israelita Jesús y la misericordia del Hijo de Dios, se conjuran para dar una respuesta acertada, prudente y justa"
"Frente a la ofensa y la misericordia, la ley y el perdón. Seamos testigos del amor y defensores de la vida, y no fiscales de la ley y agentes del miedo"
"La sabiduría del hombre Jesús, la piedad del israelita Jesús y la misericordia del Hijo de Dios, se conjuran para dar una respuesta acertada, prudente y justa"
"Frente a la ofensa y la misericordia, la ley y el perdón. Seamos testigos del amor y defensores de la vida, y no fiscales de la ley y agentes del miedo"
| Antonio Nadales Navarro
“En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y colocándola en medio, le dijeron: -Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adulteras; tú, ¿qué dices? Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: -El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra-. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: -Mujer, ¿Dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado? -Ella contestó: -Ninguno, Señor. Jesús dijo: -Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más” (Jn 8,1-11).
Esta perícopa del evangelio de san Juan que se proclama en el V Domingo de Cuaresma (ciclo C), se considera una inserción posterior a la redacción del evangelio, pero, no obstante, ha sido aceptada en el canon del Nuevo Testamento. Según el parecer de los exégetas, su temática y teología es más propia de Lucas y la colocación en su evangelio sería a continuación de Lucas 21,38.

El episodio recoge un caso biográfico en el que los oponentes de Jesús le tienden una ‘trampa’ que éste debe superar mediante una palabra o acción que demuestre su sabiduría (p.e. Mc 12,13-17, sobre el tributo debido al César).
Para comprender la maldad de los enemigos de Jesús es preciso recordar dos citas: Dt 22,23-24 donde se condena a morir por lapidación a la mujer casada que comete adulterio y Jn 18,31 que nos dice que los romanos habían prohibido a los judíos ejecutar la pena de muerte según su ley. Así pues, Jesús debe rechazar o bien la ley de Moisés, o bien la autoridad de Roma. Sus adversarios quieren que se pronuncié para poder denunciarle ante Pilato o el Sanedrín.
La sabiduría del hombre Jesús, la piedad del israelita Jesús y la misericordia del Hijo de Dios, se conjuran para dar una respuesta acertada, prudente y justa a los que acusan a la mujer de cometer adulterio, un pecado público que conlleva la infamia de su marido, la burla de los conocidos y el desprecio de su familia. La mujer teniendo esa relación extramatrimonial se la juega a una carta trágica: puede que un día sea descubierta, acusada y condenada a morir lapidada. Grande debió ser el amor de esa mujer.
Entre empujones y atropellos contra la mujer llegan el marido, sus familiares y amigos hasta Jesús y una vez ahí le presentan el caso y le piden que se implique dando una respuesta a su ‘duda’.
Comprendiendo el Salvador, que son un grupo furioso, que amparados por la ley van a seguir insistiendo; indiferente a su reclamo, se agacha y con su dedo índice escribe en el polvo de la plaza, en el barro de la vida, los pecados de los acusadores.
Todos somos impuros. Necesitamos de esa agua fresca que limpie nuestros pecados, precisamos de Jesús, del agua que brota de su corazón y que nos acerca a Dios con humildad y al prójimo con caridad.
En el día del juicio no tendremos artimañas para ocultarnos ante la justicia divina. No podremos pasarle la responsabilidad al otro, ni justificarnos alegando que los demás también hicieron igual o parecido. No, cada uno responderá de lo que haya hecho, y solo el amor servirá de defensa. No el honor ofendido, sino el amor herido.
La mujer se arriesga a amar al que no es su marido, grave decisión que, sin duda, tendría sus razones. Qué penoso es amar cuando no hay libertad, qué tristeza de amor cuando no es correspondido. El marido ofendido alega su derecho establecido, para justificar la condena por su honor ultrajado. Su mujer cuida de la casa, trabaja y su intimidad le da, pero su amor no puede, no es capaz de amar a un hombre de corazón frio, vacío y legal.

Al ofendido y sus amigos la ocasión le ha venido al vuelo, cogemos a la adúltera de mi mujer y al engreído galileo. Y, como son reacios a perdonar y sin la sentencia no se irán, insisten en preguntar: ‘tú qué dices’. Jesús, harto de tanta falsedad, les da la respuesta que merecen: “El que esté sin pecado que comience a tirarle piedras”. Descargad sobre sus frágiles espaldas vuestra justicia, honrad a Moisés que os dio vuestra ley, matad y ahogad el amor que no es digno de redención porque fue infiel.
Aplicad la fría, dura y machista ley y teneos por justos, pero sabed que, así como tratéis seréis tratados. La justicia o la misericordia que uséis con los pecadores públicos, la usará Dios con todos, pecadores públicos y privados, como vosotros.
Acusar y condenar es fácil cuando el orgullo del grupo se fortalece con el griterío de cada uno defendiendo al amigo ultrajado. Pero cuando Jesús habla los inquieta a todos, ¿quién no tiene pecado? Dios y mi conciencia sabemos todo lo que he hecho en mi vida. Las mentes de aquellos hombres ofendidos echaban humo cuando cada uno recapacitó sobre sí mismo, y, mirando al ultrajado, debieron decirle con el gesto fruncido, lo siento vecino, me voy por donde he venido. Y así, como quien no se lo esperaba, el marido se encuentra solo, y no por falta de fuerzas para apedrearla, sino por la violencia que exige ejecutar la ley sin perdón para ella y para él, decide volverse a su casa.
Todos se van, incluso los jóvenes, que no comprenden lo que ha pasado con sus mayores, se vuelven acusados cuando llegaron acusadores; y allí en la plaza del pueblo, convertida en sala judicial y penal, quedan la adúltera temblorosa y el escurridizo Jesús.
Frente a frente la ofensa y la misericordia, la ley y el perdón. Jesús el gran amor indulgente y la mujer penitente. Y Dios, que en su Hijo nos ama, también nos corrige y llama a vivir legalmente: “no vuelvas a pecar”. Y la mujer tal vez musitó: Señor, ¿cómo puede ser en cosas del querer? Tú, le diría Jesús, pon lo que en tu mano esté, que Yo te ayudaré. Y los Doce comprendieron que su Señor no anulaba la ley, sino que con misericordia la perfeccionaba.
Quién sabe si esa mujer, descubierta, rechazada y moralmente condenada, no fuera una de las que acompañaban al Mesías, por los pueblos y aldeas de Israel, escuchando al Verbo anunciar la misericordia divina y el día del perdón, y pregonar su testimonio, como después lo hará Simón.
Seamos testigos del amor y defensores de la vida, y no fiscales de la ley y agentes del miedo. Que, si la mujer salía de su casa a amar, arriesgándose a ser lapidada, era porque en su marido no encontraba el amor que, pacientemente, su esposa le reclamaba.

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