"'Alégrate': es el imperativo con que entramos hoy en la celebración eucarística" "Gustad y ved qué bueno es el Señor"

"Gustad y ved qué bueno es el Señor"
"Gustad y ved qué bueno es el Señor"

"Es domingo, y la palabra de Dios nos acerca al misterio de su bondad, a las obras de su eterna misericordia"

"Entra en el misterio de la eucaristía y, en comunión con Cristo Jesús, en comunión con el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, en comunión con la humanidad entera, aprende a decir: 'Padre', 'Padre nuestro', Padre de todos, 'venga tu reino', 'hágase tu voluntad'…"

Alégrate: es el imperativo con que entramos hoy en la celebración eucarística; “regocijaos, los que estuvisteis tristes”, alegraos y regocijaos los que habéis experimentado la bondad del Señor, los que os habéis saciado de sus consuelos.

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Es domingo, y la palabra de Dios nos acerca al misterio de su bondad, a las obras de su eterna misericordia.

Alégrate”, Iglesia cuerpo de Cristo, alégrate con la casa de Israel, porque hoy “el Señor les ha quitado de encima el oprobio de Egipto… alégrate con los que hoy celebraron la Pascua y comieron ya de los frutos de la tierra prometida”; en comunión con los fieles del Señor, cantemos al Dios de nuestra salvación: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

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Alégrate”, Iglesia cuerpo de Cristo, alégrate con el salmista, con el creyente que confiesa: “yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias”; con el afligido que “invocó al Señor”, y “él lo escuchó y lo libró de sus angustias”; y, en comunión con ellos, confesemos la misericordia de Dios: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Alégrate”, Iglesia cuerpo de Cristo, alégrate desde el corazón de aquel hijo que, después de haber abandonado la casa paterna y dilapidado neciamente su fortuna, vuelve mendigando pan “a donde está su padre”; vuelve, sabiendo que nada merece; vuelve, para ser tratado como un jornalero; vuelve como mendigo y es recibido como hijo: “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas, y, echando a correr, se le abrazó al cuello y lo cubrió de besos”. Apenas has empezado a desgranar con aquel hijo las cuentas de tu confesión, el padre dice a los criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies… celebremos un banquete… porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado”. Alégrate y abandónate con aquel hijo en los brazos de su padre, y comparte con él la dicha de ser amados de Dios: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

A nosotros, a cuantos hoy nos reunimos para la celebración de la eucaristía, “Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo… Dios mismo estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo”: Alegraos, “gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Entra en el misterio de tu reconciliación con Dios: al que existía desde el principio, a la Palabra que en el principio estaba junto a Dios y era Dios, a aquel en quien estaba la vida, “al que no conocía pecado, Dios lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros, en él, llegásemos a ser justicia de Dios”. Entra, contempla, asómbrate y canta: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Entra en el misterio de la eucaristía que celebras; entra y participa en el banquete que el Padre ha mandado preparar para los hijos que ha recobrado vivos; entra y comulga con Cristo Jesús, comulga con el que es para ti la vida de Dios, la justicia de Dios, la santidad de Dios; entra, comulga, y canta con toda la familia de Dios: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Entra en el misterio de la eucaristía, y, en comunión con Cristo Jesús, en comunión con el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, en comunión con la humanidad entera, aprende a decir: “Padre”, “Padre nuestro”, Padre de todos, “venga tu reino”, “hágase tu voluntad”… Y el salmista hará resonar siempre en tu corazón las palabras de su canto: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

IV Domingo de Cuaresma - Archidiócesis de Sevilla

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