Tres campos de renovación: nuevo modelo de Iglesia, lenguajes y contenidos y acción por la justicia Desafíos teológicos del Sínodo
"Las plurales aportaciones abren un amplio camino de renovación en la Iglesia local y universal"
"Los temas tratados, los problemas planteados, las reflexiones aportadas, la líneas propuestas apuntan con insistencia y esperanza a una renovación de la Iglesia en todos sus ámbitos"
"Hay quienes han expresado ya cierta desconfianza y dudas sobre la incidencia efectiva de un proceso tan importante y necesario, pero que puede diluirse a medida que ascienda a rangos superiores y quedar en orientaciones genéricas que dejen todo como estaba"
"Hay quienes han expresado ya cierta desconfianza y dudas sobre la incidencia efectiva de un proceso tan importante y necesario, pero que puede diluirse a medida que ascienda a rangos superiores y quedar en orientaciones genéricas que dejen todo como estaba"
| Félix Placer Ugarte, teólogo
La sinodalidad es el camino para todo el Pueblo de Dios que debemos seguir, por tanto, todas las personas bautizadas para realizar la misión de la Iglesia en comunión y participación. El primer paso del proceso sinodal ya ha sido dado a nivel diocesano y numerosas respuestas dan testimonio del interés suscitado por esta iniciativa del Papa Francisco. Ha sido una fase de consulta en la base eclesial positiva, aunque con participación limitada y desigual. Es un comienzo cuyo dinamismo, alentado por el Espíritu, esperamos sea creciente.
La escucha atenta y el diálogo en libertad han caracterizado este primer momento del prometedor -con sus dudas- proceso sinodal, según las síntesis diocesanas y de la Conferencia Episcopal. Las plurales aportaciones abren un amplio camino de renovación en la Iglesia local y universal.
Todo este esfuerzo realizado y que debe continuarse en la siguientes fases busca, en definitiva, redescubrir y practicar la naturaleza profundamente sinodal de la Iglesia en “comunión, participación y misión”.
Tomar conciencia de lo que significa una Iglesia sinodal y ponerlo en práctica en este Sínodo 2021-2023 es su objetivo, “siguiendo la senda de la renovación propuesta por el Concilio Vaticano II… guiados por el Espíritu, iluminados por la Palabra de Dios y unidos en la oración”, como indica el ‘Vademécum’ del Sínodo, atenta a los signos de los tiempos de este tercer milenio de su andadura.
Los temas tratados, los problemas planteados, las reflexiones aportadas, la líneas propuestas apuntan con insistencia y esperanza a una renovación de la Iglesia en todos sus ámbitos. Su misión, su liturgia, sus formas comunitarias de vida, el puesto de la mujer en ella, el diálogo con el mundo, los ministerios han sido, entre otros, temas preferenciales. Son, sin duda, de amplia envergadura pastoral y profundas implicaciones teológicas que exigen reflexión, discernimiento y medios operativos para realizarse. Hay quienes han expresado ya cierta desconfianza y dudas sobre la incidencia efectiva de un proceso tan importante y necesario, pero que puede diluirse a medida que ascienda a rangos superiores y quedar en orientaciones genéricas que dejen todo como estaba.
Es un peligro y un riesgo, ciertamente. Experiencias anteriores así lo demostraron. Una de ellas fue el mismo Concilio Vaticano II. En efecto, el cardenal Martini confesó que “sus sueños de una Iglesia pobre, humilde, abierta, plural, joven se habían disipado amargamente”. Hans Küng llegó a hablar de "traición al concilio" a causa de la imposición del "autoritario fundamentalismo católico", opuesta a la apertura al mundo moderno.
Xabier Pikaza denunciaba "el organigrama jerárquico de la iglesia actual, más propio de una sistema burocrático sacral y estamental que de una comunión de seguidores de Jesús". Juan Martín Velasco habló de "rendición y atrincheramiento cognitivos…o reformas superficiales”. La Iglesia se retiró a los "cuarteles de invierno", en expresión de Karl Rahner, huyendo de la primavera conciliar. La reforma estructural iniciada por el Concilio cedía ante un modelo institucional, propio de la eclesiología anterior.
Para evitar tales desviaciones, que también pueden amenazar la realización de la sinodalidad dejándola reducida a un simple reformismo ineficiente, superficial y conservador, es necesario afrontar en su profundidad teológica el significado de los temas tratados y de las demandas expresadas desde una escucha abierta y un análisis honesto para tomar conciencia de las implicaciones de las propuestas. Van más allá de ser simplemente adaptativas y cambio de imagen. A mi entender, el conjunto de las diversas síntesis tanto diocesanas, como la presentada por la CEE implican un replanteamiento de tres campos fundamentales para los que ya el Papa Francisco ha ofrecido referencias básicas en la senda de la renovación de la Iglesia.
Un nuevo modelo de Iglesia
En primer lugar el conjunto de las respuestas aportadas ponen en cuestión el modelo actual de Iglesia. En efecto, los nuevos signos de los tiempos de un mundo diferente, democrático, participativo, de igualdad e intercomunicación, de respeto de los derechos humanos y plural desde sus diversa culturas, implica directas exigencias a la Iglesia. En una Iglesia donde todavía los jerarcas ocupan el lugar central, recuperar el sentido de Pueblo de Dios como su primera referencia, según el Vaticano II, es una tarea pendiente. Para ello es urgente la renovación de sus ministerios y funciones. Comenzando por lo que el mismo Papa ha llamado la “conversión del papado” a un ejercicio eficaz de la sinodalidad. El mismo Francisco explicó en el anterior Sínodo de Obispos, en qué tiene que consistir este cambio del ejercicio del poder desde el papado hasta su burocracia curial. Se trata de “descentralizar” el modo de gobernar para ser servidores, como Jesús lo dijo.
Los obispos, nombrados sin participación abierta del Pueblo de Dios, centralizan el poder en el conjunto de la diócesis y aparecen con frecuencia como delegados de la Curia romana. Preocupados por la pureza de la doctrina y las normas morales y canónicas, se echa de menos una mayor atención e implicación en compromisos directamente evangelizadores, en la misericordia samaritana con los pobres y excluidos, en su cercanía al pueblo. La Constitución apostólica Predicate evangelium ha diseñado líneas básicas y concretas que hagan de la Curia romana un servicio y no un poder. Los obispos, vicarios y legados de Cristo con cuya potestad actúan (LG 27) deben guiar al pueblo de Dios, desde el principio de sinodalidad, respetando el pluralismo y favoreciendo la creatividad y la diversidad de experiencias, con espíritu de libertad.
Por supuesto tal cambio debe llegar al ministerio presbiteral donde todavía bastantes sacerdotes aparecen como una especie de funcionarios, hombres de lo religioso, con absorbentes tareas de despacho y culto. Sin embargo, su función ministerial primera consiste en ser servidores del pueblo, evangelizadores de los pobres dentro de sus contextos y culturas plurales. El Sínodo sobre la eucaristía reafirmó su carácter celibatario ¿pero los nuevos signos de los tiempos y necesidades pastorales no invitan también a revisar este único modelo de ministerio de los sacerdotes y el acceso de la mujer a su ejercicio?
Este cambio ministerial es un paso urgente para que la Iglesia abandone el modelo piramidal, eclesiocéntrico, para ser reinocéntrica y policéntrica, universal, Pueblo de Dios cuya referencia básica son “los pobres en quienes reconoce la imagen de su Fundador pobre y paciente a quienes sirve” (LG 8). Pero responder a este desafío no es responsabilidad solamente del Papa, obispos y sacerdotes. El laicado es imprescindible, como apuntan muchas respuestas de la consulta sinodal. Solo una Iglesia participativa, asamblearia y corresponsable en todos sus miembros cambiará el actual modelo eclesiástico en una Iglesia, Pueblo de Dios.
Lenguajes y contenido de la Revelación
Un tema muy subrayado ha sido la liturgia. Se vive, según la síntesis de la CEE, “de forma fría, pasiva, ritualista, monótona, distante”. Hacer de la liturgia un elemento dinamizador y vivificador requiere profundos cambios en el anuncio de Palabra de Dios y en los sacramentos como símbolos significativos hoy.
Los cambios hasta ahora realizados poco han aportado y la liturgia sigue alejada del pueblo, no la ve ni comprende como acción suya (liturgia). Esto nos lleva a la necesidad de una eficaz renovación de las mismas formulaciones de la fe y de sus contenidos dogmáticos expresados todavía en lenguaje que el pueblo no entiende y no provocan interés como buena noticia para el mundo de hoy. La formulación tradicional de la revelación nada dice a la mayoría. Sin embargo el control de la ortodoxia sigue imponiéndola, haciendo valer más la letra que el espíritu. He aquí un desafío y tarea urgentes de la teología y de la formación (en la que tanto se insiste en las propuestas).
No se trata, por supuesto, de renunciar a lo esencial del contenido de la fe cristiana en el mensaje evangélico y de la tradición de la Iglesia, sino de comunicarlos significativamente para el mundo actual en cada situación, fieles al estilo de Jesús, en una tradición dinámica y según los signos de los tiempos donde Dios habla en diálogo con el mundo.
“La centralidad del kerygma demanda ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes: que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas. Esto exige al evangelizador ciertas actitudes que ayudan a acoger mejor el anuncio: cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena” (Evangelii gaudium, 165).
La acción por la justicia
Un aspecto clave, muy subrayado en las aportaciones diocesanas, radica en su compromiso social.
La relación entre ortodoxia y ortopraxis ha llevado con frecuencia a discusiones estériles, cuando el clamor contra la injusticia y la compasión activa era lo urgente. La Evangelii gaudium lo dejó claro: “El kerygma tiene un contenido ineludiblemente social: en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros. El contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad”. No es por tanto una consecuencia del anuncio del evangelio, sino que lo constituye.
En el sínodo del año 1971 sobre ‘la justicia en el mundo’ lo expresaron con claridad los obispos: “La acción por la justicia y la cooperación en la transformación del mundo nos aparecen claramente como un dimensión esencial de la predicación del evangelio, es decir, de la misión de la Iglesia en la liberación de la humanidad de toda situación de opresión…”. En las propuestas sinodales actuales ha renacido la exigencia de un cambio en la Iglesia donde el silenciado pueblo de Dios, sujeto básico de la Iglesia, haga oír su voz contra estructuras opresoras económicas y políticas de la humanidad para anunciar y practicar, desde una Iglesia de los pobres, el evangelio de liberación.
Criterios de discernimiento
Tanto el ‘Vademécum’ del Sínodo, como las síntesis diocesanas y de la CEE insisten en el discernimiento. No todo vale y es preciso distinguir lo auténtico, ser fieles a la Revelación trasmitida en la Iglesia. Es una actitud necesaria y delicada en la que también la voz viva del Pueblo de Dios, el ‘sensus fidelium’, debe intervenir.
Pero, discernimiento ¿desde dónde? Los campos indicados son precisamente su referencia necesaria: Desde una revelación que es comprendida por los humildes y sencillos (Lc 10,21-24). Desde la Iglesia en su magisterio vivo en el Pueblo de Dios, Iglesia de los pobres que anuncia y realiza el Reino de Dios. Desde el testimonio liberador en un mundo de injusticia, como afirmaron los obispos en el Sínodo 1971: “Si el mensaje cristiano sobre el amor y la justicia no muestra su eficacia en la acción por la justicia en el mundo, muy difícilmente será creíble por los hombres de nuestro tiempo” .
Es un discernimiento teológico y eclesial que pide audacia y valentía, donde se comprobará hasta dónde nuestra Iglesia y nuestra teología responden a los desafíos del mundo para cumplir su misión y son fieles al Espíritu que ungió a Jesús “para anunciar el evangelio a los pobres, para proclamar libertad a los cautivos, y la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año de gracia del Señor” (Lc. 4,18).
Entonces este Sínodo será también un tiempo de gracia, un kairos, donde la Iglesia camine con esperanza eficaz, en la “comunión, participación y misión”.
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