Pedro Ortiz de Zúñiga y Atauri nació el dos de julio del año 1918. Estudió en el colegio de los marianistas de Vitoria. Ingresó en la escuela de Ingenieros, Canales y Puertos. Acabada la carrera ejerció su profesión en la empresa Iberduero. Allí sintió su llamada al sacerdocio. En 1947 ingresó en el seminario diocesano de Vitoria. El 27 de agosto de 1954 fue ordenado sacerdote.
Desde el comienzo surgió en él celo y preocupación por la juventud, y a ellos dedicó toda su vida. Aprovechó para este fin sus conocimientos profesionales. Siguiendo la línea iniciada por otro sacerdote, Pedro Anitua, se hizo cargo de las Escuelas Profesionales Diocesanas. Las desarrolló de tal manera que en la ciudad se crearon distintos centros. También las extendió a distintos pueblos de la provincia. Además de esto desempeñó el cargo de director del secretariado nacional de formación profesional de la Iglesia. Los últimos años de su vida fue delegado episcopal de enseñanza.
Su afición al ciclismo le vinculó más a la juventud. Entre los años 1970 - 1977 fue vocal de la Federación Española de Ciclismo y presidente de la comisión nacional de cicloturismo.
Sumamente delicado y afable, con ojos bien abiertos hacia todo cuanto podía hacer el bien, pasó por la vida siempre derramando una sonrisa, favoreciendo al débil, arrastrando hacia el bien con su buen ejemplo. Fue siervo fiel y útil en el Reino de Dios. Tras larga enfermedad, durante la cual permaneció siempre activo, entregó su alma al Señor el día 14 de febrero de 1986, a los sesenta y siete años.
Semblanza de este hombre de Dios
Tuve la suerte de mantener contacto con Pedro Ortiz de Zúñiga durante cuatro años. Lo conocí por primera vez en el púlpito de la parroquia de san Saturnino de Pamplona, en el año 1956, en el mes de febrero. En esa fecha Antonio Sagaseta de Ilúrdoz celebraba su primera Misa, y Perico, su amigo íntimo, predicó en este acto solemne. Los dos sacerdotes fueron compañeros en su profesión de ingenieros, los dos en la misma empresa, los dos fueron llamados por el Señor a su mies. Abandonaron su profesión y siguieron a Cristo en primera fila, Antonio estudió en el Seminario de Pamplona, Pedro, en el de Vitoria. Ambos fueron ejemplares en su apostolado en diócesis vecinas. Amigos desde su juventud, se dedicaron al mismo apostolado: promover las escuelas de formación profesional como verdadera obra de la Iglesia. Antonio murió joven, en la década de los sesenta. Pedro llegó a la madurez, pero no a la ancianidad. Para mí los dos merecen en esta semblanza un homenaje de respeto y de admiración, aunque ahora me refiera explícitamente a Don Pedro Ortiz de Zúñiga.
Gozó don Pedro siempre de gran prestigio en el aspecto de hombre preparado para una misión nueva en la Iglesia, donó al mundo su ejemplaridad de vida. Cuando murió su padre, le correspondió a don Pedro una herencia de once millones de pesetas. Con ese dinero se podían haber comprado veinticinco pisos. Con las rentas de este capital podía vivir una familia numerosa con toda clase de lujos y caprichos. Nuestro amigo Perico lo dio todo, íntegro; no se quedó con nada. Lo entregó para los pobres. Él vivió el resto de sus días con su paga escueta de cura, sin lujos, sin caprichos, en austeridad.
Algunas veces lo vi marchar en bicicleta a practicar un poco de deporte. Le acompañaba la gente joven. Sabía convivir con ellos para evangelizarlos. Pero sin ponerse en tono mayor. Su evangelización era sencilla como él mismo: en todas las partes; casi sin proponérselo.
Yo no puedo registrar documentos. Sé que se podía escribir una amplia biografía sobre él. Hemos de contentarnos con una breve semblanza. Su nombre en Vitoria inspiraba laboriosidad, amor al prójimo; su prestigio fue grande. Después de muchos años de trabajar en toda la provincia por el bien de la juventud, fue premiado por el Ayuntamiento con el galardón del Celedón de Oro, máximo honor que cada año se concede a un ciudadano de gran predicamento. Son numerosas las casas de formación profesional que construyó en Álava.
Yo entré en contacto con Ortiz de Zúñiga cuando era Delegado Episcopal de Enseñanza. Creo que es la única vez que en mi vida me han buscado para algo relacionado con la Iglesia diocesana. Había yo intervenido en el programa de TV "La Clave" la semana anterior. Pedro, un día en que coincidimos los dos en una librería religiosa, me reconoció. Me había visto y le había gustado el programa:
Tú eres Josemari Lorenzo. Te reconozco. Te vi el otro día el la televisión, en el programa de Balbín, "Los curas". Me gustó tu actuación.
Hablamos un rato con gran cordialidad. En aquellos tiempos muchos se escandalizaban de que un sacerdote hubiera cambiado de estado para contraer matrimonio. Siempre he encontrado la mayor comprensión en los sacerdotes que viven con su celibato en plenitud religiosa. Y Ortiz de Zúñiga era uno de ellos. Me invitó a formar parte del equipo de cuantos habían de llevar adelante en la diócesis la pastoral de educación religiosa, y acepté. Nos reuníamos todas las semanas. Él era pionero en sugerencias, pero siempre buscaba la propuesta de alguno del grupo para comentarla entre todos y después aceptarla y llevarla a la práctica. En el equipo estábamos alrededor de doce personas, casi todos profesores. Durante aquellos cuatro años fueron distintas nuestras actividades de animación en las escuelas para la mejor actualización de las clases de religión. En algunas ocasiones acudimos a Madrid a convenciones nacionales de este tema.
Mi ilusión en corresponder a tan buen pastor era grande. Hice varias propuestas al grupo para formar un verdadero equipo apostólico. Pero prácticamente la totalidad de ellos preferían que nuestras reuniones fueran algo parecido a los tradicionales círculos de estudio sin una proyección concreta a la acción apostólica. Por aquel entonces hube de sufrir una intervención quirúrgica. Al ver que no evolucionaba el grupo hacia la acción, no regresé de nuevo. Don Pedro fue constante y siguió, con gran espíritu de aprovechar hasta lo imposible.
Su enfermedad la llevó con paz impresionante. Tenía una seria afección de riñón y cada dos o tres días había de sufrir una sesión de diálisis para poder sobrevivir. Él no dramatizaba. Pasaba aquellos ratos de tedio, gozoso rezando el rosario o haciendo jaculatorias. Su profunda vida interior le ayudaba a mantenerse siempre contento y optimista.
Entregó su alma al Señor el 14 de febrero del año 1986. El funeral se celebró en la parroquia de San Miguel con una numerosa asistencia de fieles. Pedro Ortiz de Zúñiga pasó por el mundo haciendo el bien. Su amor al prójimo fue grande. Su celo por la causa del Evangelio, extraordinario. ¡Un verdadero ejemplo de vida!
Josemari Lorenzo y Amelibia. Mi correo electrónico: mistica@jet.es